Pola de Siero se queda sin "cuquiellos": cierra la guardería fundada hace 36 años por Raquel Prada y por la que pasaron cientos de alumnos
"Nos hemos reído y disfrutado mucho. Ha sido una felicidad poder vivir todo esto", asegura la docente

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A escasos metros de la Escuela Infantil Peña Careses de la Pola, justo en la parcela colindante, hay un centro educativo por el que han pasado varias generaciones de polesos durante las tres últimas décadas y que echa ahora el cierre. Este mes de septiembre, con el nuevo curso escolar, ya no abrirá sus puertas la Escuela El Cuquiellu para niños de hasta tres años de edad. «Nos hemos reído muchísimo, disfrutado y estamos muy orgullosas. Notamos mucho el cariño. Ha sido una gran felicidad poder vivir todo este tiempo», resume Raquel Prada, el «alma» de la escuela durante sus 36 años de intensa vida, amor por la educación y cariño para sus cientos de alumnos.
Fue en febrero de 1990 cuando El Cuquiellu abrió sus puertas. Lo hizo cuando Prada se trasladó a vivir a la casa familiar de su marido, José Noval. Allí cumplió su sueño de dedicarse a la enseñanza. Aprovecharon la parte inferior del edificio para montar lo que por aquel entonces tenía más un concepto de guardería o ludoteca.
«Eran otros tiempos, pero teníamos un método educativo desde el principio que hemos ido renovando y evolucionando en estos 36 años», señala Prada, que rememora que el centro fue pionero en aquel momento. «Estaba solo otra escuelina en la Pola, la de San José. En nuestro caso, vivíamos arriba, con mis hijos, y abajo estaba la guardería, que era muy diferente a lo que hacíamos ahora. Teníamos horarios completos, todo el día, y por la tarde ampliábamos a un servicio de ludoteca», detalla.
Hasta sesenta niños llegaron a acoger en la época de mayor auge, con un equipo de cinco educadoras trabajando al mismo tiempo. En una constante evolución, al inicio del siglo XXI Raquel y su marido se trasladaron a vivir a otro lugar y dejaron la casa entera para El Cuquiellu, momento en el que amplió su proyecto. «Desde siempre cuidamos mucho el trabajo y la metodología. Siempre estuvimos buscando y aprendiendo», comenta Raquel Prada, que se refiere también a la evolución que volvieron a vivir. «Nos planteamos quedarnos con grupos más pequeños y de asistencia permanente. Nos centramos en niños de uno a tres años solo. Se mejoró muchísimo el trabajo y pudimos plantearnos qué objetivos podíamos alcanzar».
Cercanía
La historia de El Cuquiellu no se entiende tampoco sin un pilar fundamental como Vanesa Nava. Aterrizó en 2003 para hacer unas prácticas y encadenó otros contratos temporales hasta que se quedó de forma definitiva en 2005, como mano derecha de Raquel Prada. «El secreto es que siempre fuimos un centro muy cercano con las familias, nos integramos como una parte de ellas y toda la gente que tuvimos mantuvo un vínculo con nosotras», desgrana.
A la impulsora de El Cuquiellu le ha llegado ahora la edad de la jubilación. De ahí que haya tomado la decisión de cerrar esta aventura. Lo hace con un punto de tristeza, porque las paredes del centro guardan infinitud de recuerdos, anécdotas e historias. Por eso, estos últimos días se ha ido «desenganchando poco a poco». «Ha sido un gran proyecto y también lo ha disfrutado mucho mi familia. Mis hijos estaban todo el día aquí metidos con sus amigos de pequeños. Y mi marido, que era un manitas, nos ayudó con reformas y lo disfrutó también, todos le querían mucho», enfatiza.
Vanesa Nava destaca la importancia de la etapa formativa hasta los tres años. «Verles cómo avanzan y evolucionan, o cómo hacen algo que unos días antes no se atrevían, es algo que reconforta», comenta, al mismo tiempo que valora el trabajo con niños. «Puedes tener el peor día de tu vida, que cuando entras aquí en contacto con ellos, se te olvida todo, te animan y te cambian la cara», subraya.
Disfraces para Carnaval, hacer bollos en Comadres, pintar güevos pintos, montar un belén en Navidad, magüestos… Mucha vida y actividad se cuelan en los recuerdos de El Cuquiellu, como también «los viernes de guarreo». «Era un día que esperaban mucho. Les dejábamos expresarse libremente y mandábamos que trajesen ropa no muy nueva. Pintaban con los pies, con gelatina o espuma de afeitar. Era un momento de libertad. Y algunos hasta les pedían a sus padres poder hacerlo luego en casa», rememora Vanesa Nava con una sonrisa.
Aunque El Cuquiellu ya no abrirá sus puertas más, sí que mantendrá una actividad puntual. En septiembre con alguna reunión o en diciembre con el belén, para que vayan los niños del Peña Careses de visita. «Esto siempre fue un festejo popular, con el reto de enseñarles a descubrir e indagar», resume Raquel Prada, antes de finalizar con la reflexión de que, aunque la aventura termina, el espíritu permanece: «Siempre seremos todos cuquiellos».
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