Hay una Asturias de castilletes enmudecidos y chimeneas en permanente reconversión y otra de polígonos frenéticos y procesión de furgonetas. Hay una Asturias verde y sidrera, de toneles rebosantes y pomares en flor, y otra blanca y lechera, de vacas rumiantes en el esplendor de la hierba y tratos en los que un apretón de manos dicta la ley. Hay una Asturias comerciante cuya estirpe nace en la lejana noche de las cartas pueblas y otra sosegada y residencial, de villas a medida del hombre y quintanas con encanto. Las muchas Asturias de Asturias confluyen en Siero. En serio. Porque Siero es todo eso.

Su amplitud ontológica y geográfica no facilita ver a Siero con perspectiva. Cuesta advertir los tesoros sin detenerse a reflexionar y mirar. La plaza cubierta de la Pola o el paraguas invertido del antiguo mercado de ganados, creaciones de un genio como Ildefonso Sánchez del Río, auténticos iconos y obras artísticas de importancia nacional, casi pasan desapercibidos. Al puente de Colloto, a la celosía prerrománica de Argüelles, al palacio de Celles, al túnel de Conixu o a los vestigios del plano inclinado ferroviario de San Pedro, monumento de la revolución industrial, nadie les dio nunca la relevancia que merecen.

Al puente de Colloto, a la celosía prerrománica de Argüelles, al palacio de Celles, al túnel de Conixu o a los vestigios del plano inclinado ferroviario de San Pedro nadie les dio nunca la relevancia que merecen

No hace mucho el municipio parecía solo la gran potencia festiva y folclórica. La de les Comadres que luego se exportaron. La de quienes importaron con éxito en La Fresneda los disfraces y calabazas de la víspera de Todos los Santos. La de los fieles del Carbayu y los juerguistas de Santa Isabel. La de los Güevos Pintos que entroncan con las múltiples pascuas universales. La de esa inmensa mancha veraniega de Carmín. La de las espectaculares carrozas de Valdesoto. En Lieres, la Salud y en El Berrón, San Martín. La de las verbenas de Muñó y los burros disfrazados de Pañeda. Desde hace poco es también ese espacio que asienta los sillares de la Asturias del siglo XXI. La que exuda energía emprendedora y despliega servicios avanzados. Un cruce de caminos sembrado de trenes y autovías que descubre la lógica de la logística. Gozne entre tradición y futuro, Siero como conjunción de Asturias.

La ocupación del medio rural empezó con casetas para aperos de labranza y derivó hacia los adosados. Las orillas de las principales carreteras vieron clonarse cientos de naves. Fiel a la peculiar e intrínseca dualidad sierense, este caos urbanístico resultó en realidad muy ordenado. Y propició un reparto poblacional en equilibrio. De las 29 parroquias, nueve superan el millar de habitantes: Lugones, 13.000; La Pola, 12.700; Viella y La Fresneda, 5.600; El Berrón y La Carrera, 4.800; Carbayín Alto y Bajo, 1.800; Valdesoto, 1.700; Granda, 1.600; Anes, 1.200 y Lieres, 1.100. 

Si hubiera que elegir a modo de virtudes teologales unos valores y actitudes de este concejo habría que quedarse con su radiante juventud, su facilidad para conectar con el cambio y su ánimo cooperante. Estamos ante una de las aglomeraciones más jóvenes, con casi tantos menores de 18 años como mayores de 65. Un elevado porcentaje de vecinos son nativos digitales preocupados por las corrientes de fondo de su época: el medio ambiente, la vida sana y lo solidario. De ahí surge un rico tejido asociativo y un activo capital social. Siero va un paso por delante. Abre camino y muestra menos apego por aferrarse a lo viejo que el resto del Principado. Surfea siempre las vanguardias. La minería asturiana del carbón arrancó en Carbayín y la primera vía de peaje la instauró el Marqués de las Marismas del Guadalquivir con su Carretera Carbonera, transformada ahora sin carbón que acarrear en el reino del cicloturismo. De los consorcios para el agua y las basuras al área metropolitana, en la más reciente búsqueda de soluciones colaborativas también lo sierense coloca su marca.

Si hubiera que elegir a modo de virtudes teologales unos valores y actitudes de este concejo habría que quedarse con su radiante juventud, su facilidad para conectar con el cambio y su ánimo cooperante

Siero para vivir y trabajar. Desde hoy, Siero también para leer. Nadie contribuyó tanto a crear comunidad como aquellos veteranos corresponsales de prensa, la voz y la conciencia de sus pueblos. El primero de LA NUEVA ESPAÑA con impronta en la Pola fue Casimiro Argüelles, singular cronista y montañero avezado que perdió la vida un domingo 16 de septiembre de 1979 en un absurdo tropiezo descendiendo la peña El Viento camino del lago Ubales. Esa muerte que embiste en la trocha inesperada tuvo al menos el detalle de visitarle rodeado de lo que apreciaba, el silencio de los valles, la plenitud de los riscos. Partió sin colmar un deseo muchas veces expresado: que Siero alcanzara en el periódico, su periódico, nuestro periódico, un espacio propio y permanente de relevancia semejante al de Oviedo y Gijón. El sueño de Casimiro Argüelles queda cumplido con esta edición digital que hoy nace en la nube, abierta al mundo, para escribir el relato de un territorio pujante.   

¿Qué es Siero? La inmensa riqueza de la diversidad de Asturias.