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La Nueva España de Siero

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La lavadora de los Reyes Magos

Sobre la magia de estas fechas y el entrañable recuerdo de lo sucedido un año de 1979

Sucedió en Melilla. Año 1979. De aquella tenía yo 16 años. Tiempos de pandillas en plena adolescencia. Recuerdo que los de nuestro grupo nos reuníamos casi todas las tardes en la Asociación de vecinos Rusadir, el antiguo nombre fenicio de Melilla, y allí jugábamos al ajedrez y charlábamos de nuestras cosas de chavales. Un día, cerca ya de las Navidades, salió el tema de los Reyes Magos. Y uno del grupo comentó que su padre era cartero, que por esas fechas se recibían en correos bastantes cartas de críos dirigidas a los Reyes y que a veces su padre y los compañeros las abrían y pasaban algún que otro buen rato leyéndolas. Le preguntamos que si podía conseguir que nosotros viéramos también algunas de esas cartas. Dicho y hecho: a la tarde siguiente se presentó con unas cuantas.

No sé si las leyes de protección de datos actuales y demás normativas aplicables hubieran permitido hoy aquella injerencia en las ilusiones ajenas. Supongo que no. Eran otros tiempos.

La cuestión es que abrimos la primera. Carta normal de niño a los Reyes, llena de saludos y peticiones de juguetes. La segunda era de una niña que decía que había sido muy buena y obediente y pedía también su lista de regalos. Pero a la tercera carta se nos cortó el vacile. Era de un crío que contaba que su padre había muerto hacía poco tiempo, que su madre estaba muy triste, que además se le había roto la lavadora y que tenía que lavar a mano la ropa de él y de sus hermanos pequeños porque no tenía dinero para comprar otra, y que por eso no tenía mucho tiempo para estar con ellos. Eso decía. Y lo único que pedía a los Reyes era una lavadora para su madre. Solo eso.

Tras leer la carta y después de un rato de silencio, uno de nosotros dijo: pues ya sabemos lo que nos toca. No nos va a quedar otra. Por listos.

Miramos si la carta traía dirección, y sí, aquel niño, con su letra infantil y bailarina, no se olvidó de ponerla. Y con todo detalle, por si acaso los Reyes no la conocían bien.

A partir de ahí, empezamos a movernos. Primero, y con toda la discreción que pudimos, nos enteramos de que lo que aquel niño contaba era verdad: su padre había fallecido hacía pocos meses dejando tres críos pequeños, el mayor el de la carta, de siete años. Pues a intentar conseguir la lavadora, dijimos. Y con el compromiso de que, si se conseguía, aquello quedara entre nosotros, no fuera que se comentara por ahí y el crío se enterara y perdiera también la magia de su ilusión.

Allá que fuimos; cada cual puso lo que pudo poner; y otros amigos a los que se lo contamos también; y otros amigos de esos amigos también; que todavía hay cosas que nos hacen sacar el lado bueno. Y además uno de ellos se lo contó a su padre, que tenía una tienda de electrodomésticos, y aquel hombre se comprometió a dejar la lavadora a precio de coste y a llevarla a la casa la mañana del seis de enero.

Y así fue que entre todos lo conseguimos, que dicen que los Reyes Magos también para eso existen. Y aquella mañana de Reyes llamaron a la puerta de la casa del niño dos personas preguntando por él, que iban de parte de sus Majestades de Oriente con un recado que había pedido. Y además con algún que otro juguete de regalo. Así fue.

Desde entonces, estoy seguro de que todos los años, el día seis de enero, aquel que fue ese niño y mis amigos de entonces y yo, estemos donde estemos, tenemos todos un momento para recordar lo mismo: aquella carta y aquella lavadora de los Reyes Magos.

P. D :Hace unos días nos dejó un gran amigo, Ezequiel Martínez, compañero y maestro de ajedrez y de la vida. Va por ti, Zequi, en la certeza de que algún día terminaremos esa partida que nos ha quedado aplazada.

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