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La Nueva España de Siero

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Melchor Fernández

Maruja, querida colega

A sus muchas otras cualidades añadió la de periodista vocacional, un secreto que sus hijos desvelaron en un libro por sus 90 años

Maruja Díaz González de Lena. | Miki López

Maruja Díaz González de Lena, presidenta de honor de Electra Norte, fue muchas cosas a lo largo de su prolongada vida. Ante todo, eso seguro, madre y esposa impecable. También, infatigable trabajadora en su función de pluriempleada mujer de empresa. Nada de ello le impidió ser también una atenta observadora de lo que ocurría en su entorno vital. Hacia todo lo que la rodeaba, de cerca o de lejos, mostró una inteligente atención, cuyos resultados mantuvo en secreto, o poco menos, hasta que sus hijos la animaron a hacerlos públicos, con el pretexto de que había que celebrar de una manera adecuada la llegada a los 90 años edad. Así surgió un libro, “Crónicas y vivencias”, espléndidamente prologado por su hijo Julio, en el que se recogían los escritos que ella había ido produciendo a lo largo de su vida. Al leer los textos de Maruja, uno tarda muy poco en darse cuenta de que aquello era el producto de la curiosidad hacia todo lo que pasaba, de la perspicacia para captarlo con precisión y de la capacidad para escribirlo –contarlo– de forma atractiva. En una palabra, el libro mostraba que la autora tenía todas las cualidades con las que se identifica a los periodistas de raza. Para acabar de confirmarlo, el registro en el que se podían clasificar sus escritos no podía ser más amplio, pues incluía desde las historias familiares a los acontecimientos internacionales, pasando, obviamente, por el relato de lo que ocurría en su entorno vital, viajes incluidos. Si todo, por bien seleccionado y mejor escrito, despertaba interés en el lector, lo que llegaba a resultar fascinante era el desfile de personajes peculiares con los que se había encontrado a lo largo de su vida, ya fuera ante el mostrador de la tienda, en la calle o durante un viaje en ferrocarril o autobús. La descripción, en “Apuntes del natural”, de esos personajes y, sobre todo, la transcripción de su lenguaje, es una verdadera delicia. Yo había advertido sus cualidades en las cartas que de vez en cuando remitía al periódico, pero desde que leí el libro decidí tratarla como una colega, y así se lo dije. Querida colega, añadí, porque a la admiración se sumaba el afecto que, para un entreguín, ella despertaba, como todos los miembros de una familia tan admirada y querida en nuestro pueblo como “los de Mon”, o “los de Matilde”, según se quisiera acentuar en el padre o a la madre la pertenencia, por lo que acabó prevaleciendo la fórmula de “los de Matilde la de Mon”, que reconocía que la pertenencia en cuestión era indivisible. Luego sería ella la que, al casarse con Julio Díaz, asumiría un liderazgo semejante, por intenso y compartido, en Candín, otro pueblo minero, como el suyo natal.

Ahora a esa buscadora intuitiva de noticias que fue Maruja Díaz González de Lena le ha correspondido asumir el papel de ser noticia ella misma. Una noticia importante, a tenor del eco que despertó apenas hubo trascendido y que sin duda habrá confortado a la familia de quien con la donación de su cuerpo para fines científicos añadió un definitivo gesto de generosidad a su adiós.

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