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Ricardo Junquera

El amor en tiempos de la vejez

Una lección aprendida gracias a la imagen de una pareja de personas mayores

Fue en Santiago, hace solo unos días, el domingo siguiente al sábado en que finalizamos la última peregrinación a Compostela, antes de iniciar el regreso a casa. Fuimos a comer un grupo de amigos, seis matrimonios, que habíamos terminado aquel Camino juntos.

Y allí estaban uno frente al otro, en aquel restaurante y cerca de nuestra mesa, aquella parejina de paisaninos mayores, dedicándose cada poco una mirada llena de cariño; compartiendo el pan y algún que otro roce de manos, sin empalagamientos juveniles, que la ternura que dan los años no precisa de ardores intempestivos, sino solo esa caricia de mano sobre mano fugaz, pero también eterna, que ya dijo Quevedo que solamente lo fugitivo permanece y dura.

Allí estaban, tan en medio de aquel comedor pero también tan solos ellos mismos, como si no hubiera más universo que el pequeño espacio de su mesa, que les sobraba todo lo demás, que parecía que solo estaban el uno para el otro, con sus palabras a media voz y sus miradas sencillas y cómplices. Viéndoles, sentí lo maravilloso que tiene que ser vivir esas horas crepusculares de la vida, cuando ya se va el sol, cuando el día de la existencia se va apagando, cuando la soledad se hace más profunda, disfrutando ese roce de la mano querida, ese sosiego de saber que no caminas solo.

Y también recordé aquello que dijo San Juan de la Cruz de que el que no ama está muerto. Sí, quizás uno sea un romántico, pero creo que el amor es el resumen de todos los humanos, su fuente y el mar que los recibe. Viendo a aquella parejina estaba aprendiendo que el amor es lo único real, que todo lo demás solo es real si el amor lo toca con su mano, o si seca sus manos en ese paño áspero y tosco que es el mundo en que vivimos, que viéndoles uno sentía también que la historia entera de la humanidad no ha sido un fracaso, que no puede serlo mientras haya gente capaz de amar así, de una forma tan simple y a la vez tan completa, de alargar la mano y tocar esa frontera de la piel de la persona a la que se quiere, de mirarla a los ojos y adivinar, a fuerza de los años convividos, su gesto y su alma.

Cuando ya salíamos del restaurante, al pasar junto a la mesa de aquella parejina me quise fijar un poco más en ellos. Uno llevaba una corbata de nudo inglés, impecable; el otro, el de enfrente, un pañuelo perfectamente anudado al cuello. Y recordé el final de la magnífica película de Billly Wilder “Con faldas y a lo loco”, cuya última frase es que nadie es perfecto. No lo sé. Habrá que preguntárselo al amor. Aquel día aprendí mucho de él.

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