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José Antonio Coppen

Bitácora de Lugones

José Antonio Coppen Fernández

El poder y la riqueza

El poder se encuentra en todos los grados de la sociedad, se trata de una fuerza nacida de la concienciación social, destinada a conducir al grupo en la búsqueda del bien común y capaz, dado el caso, de imponer a los miembros la actitud que ella ordena.

Hemos de reconocer que en épocas pasadas los hombres hablaban menos de vivir su vida. Existe un programa de televisión con el enunciado “Vivir la vida”. Queda así confirmada la línea de conducta de las nuevas generaciones. No se preocupaban tanto de los asuntos económicos y políticos, y huelga el recordar que tomaban mucho más interés por las cosas religiosas y morales. ¿Sería atrevido por nuestra parte decir que la búsqueda de riqueza y poder sustituye al del intento de hallar a Dios? En la época en que vivimos el ídolo es el hombre que triunfa, sea en el deporte, el arte, la política, la riqueza, en algunos casos expresada en el inventario de un buen número de coches de lujo, etcétera. Todo lo demás ni tan siquiera alcanza el grado de secundario.

A veces con pocas palabras se puede decir más si los receptores están abiertos a digerir honestamente los mensajes. ¿Dónde encontramos las condiciones para transitar por esos caminos de la ambición? Pues, sin dudarlo un instante, en el egoísmo, que es como el eco interior que se percibe más allá del corazón, en lo más profundo del alma; en nuestro afán de alcanzar metas materiales, en muchos casos para suscitar envidia. En realidad, en nuestro navegar por los ríos de la vida comprobamos que, además, quienes se jactan de su situación ven sembrado el campo de su posición para que acaben rodeados de subordinados aduladores, una de la más indigna actitud del hombre.

No podemos obviar que el punto medio o centro del edificio humano es el ombligo, esa cicatriz que queda en el vientre después de cortado y seco el cordón umbilical. Pero el epicentro invisible por antonomasia es el llamado ego, nuestro eco interior. Evidentemente, nadie carece de ombligo, tampoco de ego, pero unos lo tienen más desarrollado que otros, hasta extremos insoportables, que en muchos casos alcanzan el narcisismo. No se debe olvidar que el odio y la desesperación son enfermedades a las que solo son proclives los egoístas. El gran antídoto para remediarlo es, sin duda, una buena cura de humildad.

Llegado este punto, es verdad que sin bienestar es difícil la felicidad. Puede afirmarse que el vacío existencial se produce en personas que, instaladas en el bienestar, toman conciencia de que su vida no tiene mucho sentido. Debemos aclarar que todo bienestar que no se apoye en alguna inquietud realizadora se puede convertir en la antesala del hastío y la insustancialidad. Vana es una vida dedicada a la simple satisfacción del consumista. La riqueza podrá facilitar el bienestar, pero nunca determinará la felicidad.

Estas reflexiones nos conducen directamente a la ética de la virtud. Digamos que Aristóteles, Buda y Confucio forman el abecedario de la ética de la virtud, de tal manera que las raíces de esta se remontan mucho en el tiempo. Estos tres sabios predicaron una especie de moderación, enseñando, cada uno a su manera, que la bondad emana simplemente del ejercer las virtudes y abstenerse de los vicios. Dicen que las virtudes y los vicios (de modo semejante a los virus) son cosas que adquirimos de los demás y transmitimos a los demás. Y añaden que son como los buenos y los malos hábitos. Así, pues, si nuestro objetivo es ser buenas personas actuando correctamente en una sociedad justa, debemos crear y mantener entornos virtuosos en casas, en la escuela, en el trabajo, en el gobierno, etcétera.

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