Suscríbete La Nueva España de Siero

La Nueva España de Siero

Contenido exclusivo para suscriptores digitales

Pedro Rodríguez Cortés

Los arbitrios de antaño en Siero

Curiosidades de las casillas de consumo

Recientemente, observamos cierta euforia en el Alcalde de Siero como consecuencia de nuevos asentamientos industriales en su concejo, con lo que ello supone de beneficio para las arcas municipales. En las antípodas de esta situación se encuentra la información publicada por la revista “Estampa” de Madrid el 13 de mayo de 1933. En ella aparece una foto que se corresponde con la oficina de arbitrios de Siero, pero tal “oficina” tiene por sede la cavidad de un viejo árbol, donde se observa a una mujer con gallinas en tránsito a Noreña para abonar las tasas correspondientes. El texto del pie de foto dice: “El consumero se asoma por la puerta del fielato instalada en el hueco de un árbol”.

Las casillas de consumos en la posguerra fueron uno de los aspectos más denostados del Régimen, muy aborrecidas por cobrar los artículos de primera necesidad. Al margen de sus abusos y de castigar a los más débiles, perseguía con saña el estraperlo, cuando los que lo practicaban, en su inmensa mayoría, lo hacían por pura supervivencia. Recuerdo en la niñez escuchar las dramáticas historias que vivían los mal llamados “estraperlistas”, porque su aventura de máximo riesgo de rebasar picos, montañas y atajos difíciles, para eludir la vigilancia de la Guardia Civil o de funcionarios de arbitrios, era adquirir alimentos para su familia y en muy pocas ocasiones para traficar con su mercancía. Con frecuencia la Guardia Civil incautaba la mercancía y aplicaba sanciones inasumibles en aquel tiempo de terrible miseria.

La picaresca y la imaginación desarrollaban su mayor intensidad, a fin de eludir a la Guardia Civil o a los empleados de los fielatos. Los trenes del Vasco que iban de Grado a Oviedo los días de mercado, lo hacían atestados de productos varios: aceite, huevos, gallinas, conejos... Y al llegar a la zona de La Manjoya los lanzaban por las ventanillas para ser recogidos por familiares o amigos.

En ocasiones, existían incongruencias, por ejemplo, los callos en Oviedo en los años cincuenta, como consecuencia de la escasez de la matanza de vacas, se cobraban en los bares a 25 pesetas la ración. Mucho más caros que en Noreña y Siero. Lo curioso era que los callos estaban libres de arbitrios y, al mismo tiempo, estaba prohibido introducirlos en Oviedo. A un industrial de Noreña que traía varios kilos de callos a Oviedo, le fueron confiscados. Trató de pagar los arbitrios habituales pero le fue rechazada la proposición por estar libres del citado impuesto. Al final el noreñense se quedó sin callos y tuvo que abonar la multa correspondiente.

A principios de los años sesenta van desapareciendo las modestas casetas de arbitrios. En Oviedo la más conocida, enfrente de la estación del Norte, se derriba el 30 de julio de 1963. La autorización de su construcción databa de 1915. Las casetas eran muy modestas, evidentemente, pero utilizar el hueco de un árbol de sede como el de Siero ya resultaba inaudito.

Compartir el artículo

stats