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José Antonio Coppen

El arte de escribir

El método ideal para aprender a fijar las ideas, que nada tiene que ver con las ideas fijas

Si el placer consiste en percibir una sensación agradable, de tal guisa que las horas se nos hacen más cortas, el ejercicio de escribir resulta uno de los placeres más íntimos. Desde el momento en que uno se dispone a escribir y a expresar lo pensado a lo escrito, en ese trance nada más cabe en la mente salvo lo que se está escribiendo. Vamos, que no se entera uno de cuanto ocurre alrededor. Y no sólo es arte. Es que, además, produce placer. De ahí que se trate de una ocupación que engancha, que atrapa. Alguien escribió que es un placer inmenso, pero al mismo tiempo te saca fuera de ti. Uno vive por la propia realidad, por los límites de tu propio yo y, de repente, te pones a escribir y se rompe todo eso, te saca de la celda y te lleva a paisajes desconocidos. Ahora bien, como alguien señalara hace muchos años: si quieres ser un escritor sincero expulsa al público de tu espíritu e imagina que tus escritos carecen de lectores.

Este proceso de búsqueda y elaboración de ideas hurgando en el archivo de la mente, ordenándolas como es debido y construyéndolas a base de la incorporación adecuada de palabras y expresiones idóneas para tratar de transmitir con meridiana claridad de pensamientos y mensajes que son en realidad los que suscitan el deseo de escribir, de tal manera que lleguen y logren hacer pensar a los demás, es, en efecto, un verdadero arte que produce placer. A diferencia de la lengua hablada, que no permite expresarnos con mayor libertad o menos precisión, escribiendo hemos de adoptar la palabra que más se ajuste al justificado propio y específico de la idea que deseamos desarrollar y transmitir.

A la hora de escribir, hay que asumir responsabilidades y aceptar con tacto y especial elegancia las discrepancias, el rechazo o las críticas, encajándolas con la misma templanza que han de recibirse los elogios. No se debe olvidar que, como ocurre con las monedas, generalmente las opiniones suelen tener dos caras, en tanto unos eligen las gradas de la crítica, otros ocupan el púlpito del aplauso. Hay que ser conscientes de que nada existe tan perfecto que no se presente a ser criticado, recordando que toda obra humana es mejorable.

Escribir es una forma más de las múltiples oportunidades que nos ofrece la vida, lo que ocurre que esta actividad no se prodiga por falta de iniciativa en este sentido y, consecuentemente, no existe el hábito que la sustente. Escribir es el método ideal para aprender a fijar las ideas, que nada tiene que ver con las ideas fijas, pues éstas impiden desarrollar la capacidad de evolución que emana de la inteligencia.

Por si todo ello fuera poco, es una manera de liberarse momentáneamente sirve, además, para mejorar el vocabulario de nuestro particular diccionario. Por si todo ello fuera poco, escribir es una hermosa gimnasia mental.

Craso error quien pueda considerar que escribir no es trabajar. La anécdota surge en la obra de teatro “Cinco Horas con Mario”, de M. Delibes. Entre la sarta de reproches que le descarga a su marido, que yacía muerto en la habitación, la viuda remata diciendo cuando las amigas le preguntan ¿en que trabajaba tu marido? y ella les contesta: no trabaja, escribe.

Perlas de la sabiduría. “Uno llega a ser grande por lo que lee y no por lo que escribe”. (José Luis Borges).

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