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Ricardo Junquera

Sobre Ángel Émbil y Falo Moro

Dos personas, dos genios, dos mundos, pero un solo destino: el legado inmortal de sus obras

Estos días de atrás se celebró en la Pola el XXIX Memorial Ángel Émbil, coincidiendo además con el centenario de la Sociedad Siero Musical, fundada por el poleso Fausto Vigil en 1922. Enhorabuena y gracias a todos los que han contribuido a esos cien años de vida y los que queden por delante. Instituciones así son necesarias para el desarrollo cultural y social de un pueblo.

Y hablando de Siero y de música también es imprescindible hacerlo de esos dos genios que la Pola tuvo la suerte de contar entre sus hijos: Ángel Émbil y Falo Moro. Además casi coetáneos, que si Émbil nació en 1897, Falo lo hizo en 1911. Y ambos entre los mejores compositores asturianos de todas las épocas. Ahí tenemos sus obras. Que Émbil, maestro, director, compositor y músico, además de fundar varios coros dejó más de ciento dieciséis composiciones, desde canciones populares hasta misas y comedias líricas. Y Falo Moro, con su bendita bohemia a cuestas, también nos dejó más de ochocientos temas, entre ellos los himnos del Sporting y del Oviedo, alguna zarzuela y operetas y canciones por todos conocidas como “Asturias de mi querer” o la que más adelante citaré, y otro buen puñado de temas que posiblemente hayan acabado firmando otros en noches de luna llena, que así era el bueno de Falo.

Dos genios de los de nacimiento, que la genialidad ni se enseña ni se aprende, que es una potencia del alma; dos genios distintos pero complementarios, dos formas diferentes de llegar a esa perfección a la que los mortales no estamos llamados, que a nosotros solo nos queda poder disfrutar del legado de su genialidad. Que si Angel Émbil era la tierra, lo que se enraíza y crece, lo que queda, y ahí está su hijo José Ángel y su nieta Maite, Falo Moro era el aire, la pincelada en el viento, el suspiro que te llena y se marcha.

Y de ambos tengo un buen recuerdo personal, que la Pola es un pueblo y mal que bien de una u otra forma todos nos acabamos conociendo: de Ángel Émbil la maestría de su órgano en una celebración en la pequeña capilla de Pañeda. Y de Falo Moro, además de vivir en la calle que lleva su nombre, una actuación de su hermana Pepita, que también tenía su duende cuando lo sacaba, en una caseta de la feria de Córdoba, que ella era amiga de la familia y allí fue a vernos, y entre sevillanas y fandanguillos alguien dijo que había una asturiana que cantaba. Y Pepita aquel día quiso coger la guitarra y salir a las tablas, y se echó a cantar esa obra mágica e inmortal, ese “Campanines de mi Aldea” que aquella tarde cambió los farolillos de una feria por las luces de una romería, el jolgorio del sur por el sentido silencio de la nostalgia norteña, que en aquella caseta la emoción de la voz de Pepita y la canción de su hermano Falo se comieron todo lo que vino antes y lo que vendría después.

Y uno vio también emocionarse de verdad a los que antes palmeaban, que emocionar a un público así no es solo cuestión de técnica, sino de poseer el don y el misterio de la personalidad y de la pasión que provoca el sentimiento; y uno también escuchó en aquel momento a las campanas de las iglesias de Córdoba que se pusieron a tocar queriendo acompañar a la voz de Pepita y a la de las lejanas campanas de la añorada aldea asturiana.

Dos personas, dos genios, dos mundos, pero un solo destino: el legado ya inmortal de sus obras y la obligación de un pueblo de no olvidarles nunca.

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