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Ricardo Junquera

Se llama Nadiatou y es enfermera

Sobre la labor de la Fundación Solidaridad con Benín, ONG con sede en Noreña

Sí, se llama Nadiatou, y es enfermera. Y Sanna, matrona. Christine está estudiando periodismo. Edith, profesora de francés. Boukari, empresariales. Y así podríamos seguir. Son chicas cuyo destino posiblemente no estaba escrito para ser ninguna de esas cosas. Son chicas del norte de Benín, ese país subsahariano situado en la zona oeste de África, que fue colonia francesa hasta 1960.

El destino de todas ellas muy probablemente estuviese escrito con otras letras y en los renglones torcidos que se escriben en esos lugares en los que a la igualdad ni está ni se la espera, en los que la mujer está solo para lo que está, que la familia hay que atenderla y sostenerla, y realizar las allí duras labores domésticas, y educar a los hijos, y además llevar dinero a casa a base de trabajos mal remunerados y peor tratados. Vidas destinadas a cumplir responsabilidades ajenas con la única esperanza de seguir obedeciendo a quien las manda. Es lo que tiene nacer mujer en esas zonas de África. Así de fácil.

Lo que diferencia a Nadiatou, y a Sanna, y a Christine, y a Edith y a Boukari y a otras como ellas del resto de la mayoría de las mujeres de allí, es que la vida o la providencia quiso jugar una carta en su favor y puso en su camino a la Fundación Solidaridad con Benín, una organización no gubernamental con sede en Noreña, que fue fundada en el año 2001, cuyo objetivo principal es impulsar el desarrollo humano en la zona norte de ese país, que allí la pobreza no es solo un dato estadístico, sino una realidad heredada y viva.

Desde su origen, esta fundación, que destina el cien por cien de sus ingresos a los beneficiarios en Benín, se centró especialmente en intentar mejorar la situación de la mujer, buscando poner fin a la discriminación contra las mujeres y niñas, comenzando por la construcción de unos paritorios donde pudiera haber un mínimo margen de seguridad –que antes una complicación en el parto suponía que madre o hijo o ambos no salieran vivos de aquella– y continuó con la creación de otros proyectos, como cooperativas ganaderas de mujeres, planes nutricionales para menores o la instauración de becas destinadas a la formación universitaria de chicas beninesas, que como bien dice ese proverbio africano “educa a una mujer y educarás a un pueblo”.

Una maravillosa iniciativa con sede en Noreña, y que cuenta con la ayuda y colaboración de muchos particulares y empresas de la zona, entre ellas alguna cadena asturiana de supermercados y empresas de chacinería. Todos los apoyos son buenos.

Todavía hace unos días se celebró una pequeña fiesta-mercadillo en la plaza de la iglesia para recaudar fondos y poder pagar el coste de un mes, o dos, o lo que buenamente dé, de los estudios y manutención de esas chicas. Enhorabuena a todos los que cooperaron para el desarrollo de la iniciativa.

Es un dinero que no tiene precio. Además, en términos estrictamente económicos, y por si alguien no estuviera informado, hasta la cantidad de ciento cincuenta euros que se aporten a una organización no gubernamental (ONG), Hacienda devuelve el ochenta por ciento cuando se realice la declaración de la renta. Y, a partir de esa cantidad, la devolución es del treinta y cinco al cuarenta por ciento.

Haga usted mismo las cuentas y se dará cuenta de que no cuesta tanto echar una mano.

Que además Nadiatou, y Sanna, y Christine, y Edith y Boukari, son como todas las chicas de aquí, como las nuestras, como tus hijas o las mías, con sus ilusiones y con sus proyectos, con sus inquietudes, con sus ganas y con su necesidad de vivir.

Pienso que vale la pena ayudarlas para que su único destino no sea seguir habitando en la oscura casa de la pobreza y la desesperanza.

Va por ellas.

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