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La Nueva España de Siero

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Ricardo Junquera

El día que no amanece

Sobre la migración de las cigüeñas

Lo aprendí este verano en Riolago, ese precioso pueblo de esa también preciosa comarca leonesa de Babia, allá donde los antiguos reyes iban a descansar de sus reales trajines. Allí hay un dicho: "El día que anochece y no amanece". Se refiere a la cigüeña, y después explico el porqué. Un buen amigo que tiene allí una también preciosa casa, me invitó a pasar un par de días, y de paso a ver marchar a las cigüeñas cuando inician el viaje de retorno hacia el sur. Yo recordaba haber visto cigüeñas por aquí cerca, alguna en Noreña y también en Meres, donde una conocida y cercana empresa de grúas tuvo no hace mucho que arreglarles el nido, que las pobres no eran quien a ello, pero la verdad es que poco conocía de las costumbres y usos de esas aves migratorias.

La cosa es que mi amigo, que es un gran observador de la naturaleza y de la vida, ahora que tiene más tiempo se dedicó este año a contemplar las costumbres de las cigüeñas desde que llegaron al pueblo por el mes de febrero más o menos, que ya se sabe eso de que por San Blas, el día 3 de febrero, la cigüeña verás. Lo normal es que lleguen desde el África subsahariana, pasan en Europa el periodo de anidación y el instinto natural las lleva a regresar, cruzando el estrecho de Gibraltar, para volver a pasar el invierno en los países cálidos de África; aunque ahora al parecer los cambios climáticos están modificando bastante sus hábitos migratorios.

Cuando llegan, me comentaba, vienen por parejas a montar sus nidos, que pueden pesar hasta cuatrocientos kilos, y allí, al poco, ya se ve como la pareja empieza a cuidar y a incubar los huevos de la puesta, turnándose en el trabajo de darles calor, que macho y hembra vienen preparados de fábrica para ello. Y cuando ambos progenitores coinciden en el nido, echan el cuello hacia atrás y crotorean. Precioso, me dice.

Después empiezas a notar cómo las crías, o cigoñinos, ya han salido de los huevos. Los primeros días son como pequeñas cosas calvas que comienzan a sobresalir del nido. Poco a poco van creciendo, y ves a los padres como también se turnan para alimentarlos. Lo siguiente es ver a los pequeños como un día abren sus alas y empiezan a dar pequeños saltos sin salir del nido, que el que se cae ya no vuelve, aunque a veces no son las crías las que caen, sino sus propios padres las que se deshacen de ellas, que si ven a alguna débil la sacrifican en beneficio de sus hermanas. Al parecer la naturaleza a veces no entiende de ecologismos baratos.

Lo siguiente, me dice, es ver cómo los pequeños ya inician sus vuelos y van tomando confianza, hasta que de crías pasan a ser cigüeñas jóvenes. Y a principios de agosto, ya ves como las cigüeñas, adultas y jóvenes, se comienzan a reunir en algunos lugares que, por alguna razón que solo ellas saben, eligen; y desde allí, una noche, generalmente la del 9 o del 10 de agosto, toman vuelo y se van todas juntas de vuelta para el sur. Aquel día ya no amanece allí la cigüeña; de ahí el dicho que antes comentaba.

Pues aprovechando esas fechas, que ya eran, y que mi amigo ya había controlado un lugar de reunión de las aves, intentamos ver la salida migratoria, que debía de ser todo un espectáculo; o quizás un algo de poesía pura y viva, que también puede ser.

Aquella noche, después de una caldereta de cordero en San Emiliano, ese pueblín cercano a la falda sur de Las Ubiñas, nos acercamos mi amigo y yo a aquel prado, pertrechados con una rebeca y con una prudente provisión de un licor de la zona, ambas cosas por si nos caía el frío de la noche leonesa, a esperar si teníamos suerte y aquella era la noche en las que las cigüeñas se decidían a iniciar el viaje de vuelta. Pero no, no hubo suerte; aquella noche no decidieron marcharse. Y a nosotros sí que nos tocó ir de vuelta para casa, con las rebecas pero sin el licor, que el que si apareció aquella noche fue el virujillo babiano. Qué se le va a hacer. El año que viene recordaré a mi amigo Casimiro, el de Riolago, su promesa de volver a invitarme; a ver si tenemos suerte y vemos marcharse a las cigüeñas. De momento tendré que conformarme con intentar ver a las de Meres o a las de Noreña. Que no es poco.

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