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Ricardo Junquera

Aquel profesor de Griego

Reconocimiento a los maestros que enseñan más que su asignatura

Esta mañana, revisando el calendario de la semana, vi que el próximo domingo se celebra el llamado "día del maestro". Y como el día en que escribo esto también es domingo y uno los domingos tiene un poco más de tiempo libre para dedicar la cabeza a lo que se quiera, pues me acordé de todos esos profesores y maestros que tuve durante mi período de estudiante, y traté de acordarme de cuál de ellos tengo un mejor recuerdo. Y de entre todos los que tuve, que me tocó, como casi todos, tenerlos de todos los niveles y condiciones, si hay uno que me dejó una impronta especial. Quizás se trate de una historia un poco personal, pero me apetece compartirla.

Fue en el Instituto Jovellanos, de Gijón, en lo que entonces se llamaba COU, que ahora sabe Dios el nombre que tendrá. Y allí me tocó Moriyón, el de Griego. Así le conocíamos. El mejor profesor que he tenido. Pedazo de maestro. De esa gente que sabe y sabe que sabe; es decir, un sabio. Y qué casualidad que esos pocos sabios que alguna vez nos topamos en la vida sean todos gente humilde y sencilla. No les hace falta más. Sus clases eran una delicia que yo, por zoquete, no supe aprovechar.

En aquella clase de gramática griega nos hablaba de historia, de música, creo que además era un gran pianista, de arte, de geografía o de lo que se pusiera por delante. Un auténtico humanista; y además con una educación exquisita. Y siempre con aquella sonrisa en su gesto y en su mirada. La cuestión es que cuando hablaba del griego yo solo le dedicaba medio oído y dedicaba el resto de los sentidos a otras cosas. Y de gramática griega, ni zorra; yo a lo mío. Solo le prestaba plena atención cuando se iba a los cerros de Úbeda, que allí ya éramos dos. Y claro, llegó junio y me suspendió. No le quedó otra. La cosa es que no me acuerdo cómo, que de aquella no había móviles, aquel hombre me localizó durante el verano y me dijo: "Mira Ricardo, olvídate de estudiar griego a estas alturas, que no llegas ni de coña. Busca un libro, “La Atenas de Pericles”, te lo lees y en septiembre hablamos de él". Y me leí aquel libro que todavía de cuando en cuando pongo en la mesita de noche. Y cada vez que lo releo me sorprendo más de cómo aquel puñado de griegos antiguos cambiaron para siempre la historia de la humanidad: mitologías aparte, nos hicieron entrar en razón. Otra cosa es que la usemos.

Y en cuanto a lo de septiembre, pues allá que llegó, y Moriyón me llevó al patio del instituto y dimos un pequeño paseo y ni siquiera me examinó. Se limitó a darme una maravillosa lección de vida, que guardo. Y el buen hombre me aprobó.

Hace poco me acordé de él y quise buscarle e ir a saludarle; pero como casi siempre pasa, a estas cosas solemos llegar tarde. Vaya rabia: hacía no mucho tiempo que el bueno de Moriyón ya había partido al reino de Hades y a estas horas ya estará disfrutando de su merecido reposo en el Elíseo. Me hubiera gustado haberle dado un abrazo y decirle: "Ey, campeón, fuiste el mejor. Gracias por todo".

Estas líneas están dedicadas a esos maestros y profesores que todos hemos tenido que nos han enseñado algo más que su asignatura y que nos han dejado de herencia una buena enseñanza de vida y algún libro que de cuando en cuando llevamos a nuestra mesita. Va por ellos. Y por Moriyón, claro.

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