De las experiencias de la vida saca uno sus propias certezas y conclusiones y una de ellas es que la alegría y el dolor son compañeros de viaje, con el lógico deseo que abunde más una que otro. Afirmación que puede molestar  a los discípulos de un mundo virtual, técnico y deshumanizado, y son esas vivencias humanas las que nos mueven a escribir y expresar lo que sentimos, bien desde la tristeza y la pena, o bien desde la dicha y felicidad. Hoy me toca escribir desde el dolor esperanzado, pues a la puerta de un quirófano  estas dos palabras son compañeras  de ruta, en la confianza que una vez efectuada la operación,  dé buen resultado, devuelva la salud perdida, gane uno calidad de vida y cuando se consigue esto no hay precio que lo pueda compensar.

Soy de quienes agradeció con aplausos las tardes-noche del covid al personal sanitario que con las pocas y casi únicas herramientas que tenía - su experiencia, su vocación, su afán de curar, de salvar vidas- no reparó en esfuerzos, en riesgos,  hasta de su propia vida, para obtener un alivio, una sonrisas, una cura. Soy de los que no entiende que se utilice el dolor de los humanos – que no sabe de fines de semana ni de vacaciones- para otros fines que no sean sanitarios, ya que estamos en la época del todo vale para destejer el paño. Creo que el común de los mortales lo único que quiere es un buen servicio médico, independiente de su titularidad, pública o privada, de calidad, humano, familiar, que nos proteja y dé seguridad en los adversos tiempos de la enfermedad…

Todas estas reflexiones me vienen a la cabeza en la habitación 225, cama B, del Hospital Monte Naranco, de titularidad pública, después de seis días de estancia, a raíz de la implantación de una prótesis de rodilla a un familiar y en el horario acostumbrado de 13.00 a 21.00 horas de la tarde, excepto la noche del día de la operación que se nos permite también acompañar al paciente. Habitación con mucho espacio, con dos camas, situadas una enfrente de la otra y en medio, colgando del techo, una tela mampara, que se acciona eléctricamente si es necesario, y en medio de ambas, nada más entrar un amplio y funcional baño. Las camas equipadas de los últimos avances técnicos permiten que el paciente accione su nivel de altura, tanto en la cabeza como a los pies de la misma  y todo esto,  además de facilitar la comodidad del paciente, permite que el servicio de limpieza y comida sea más cómodo y eficaz. Mucha luz y unas vistas llamativas del Carlos Tartiere nuevo y alrededores. La habitación sita en la segunda planta o de Traumatología, cuya responsabilidad lleva, con gran prestigio profesional y cercanía el doctor del Moral que desde el primer contacto con el paciente y después de las preceptivas pruebas, marca la línea de trabajo a seguir y esta se ha cumplido escrupulosamente y el paciente seguro, protegido se adentra en el quirófano. Concluida la operación, la rigurosa y clara información y a esperar que la rehabilitación dé los frutos deseados.

 No es la primera vez que visito el Hospital Monte Naranco, del que se cumplieron recientemente 75 años, pero en esta ocasión he convivido más con todos: médicos, capellán, enfermeras,  auxiliares, servicio de limpieza , recepción, seguridad, cafetería, pacientes y familiares, y he llegado a la conclusión que este ambiente de cercanía, de familiaridad, de tranquilidad es el que he vivido durante estos días y el que uno desea para sí. Que puedas preguntar, que te contesten, que te dediquen un poco de su valioso tiempo y que en algún momento hasta puedas comunicar tus penas y zozobras y es, en ese intercambio humano, donde salen  a relucir las muchas secuelas que el covid ha sembrado y ahora algunos quieren olvidar, omitir.

A esto he de añadir que la comida exquisita, bien presentada y con la minuta del día en el lateral de la bandeja. La profesionalidad de las personas que tuve el gusto de conocer y tratar supera con creces los niveles humanos acostumbrados, pues hacer del dolor resignación e incluso alegría solo se consigue cuando uno se siente querido y atendido, en buenas manos, y esta es la vivencia que quiero trasmitir con estas letras. Una medicina familiar, humana, cercana y preocupada de dar soluciones cuando se necesiten.

Ahora que tanto se habla interesadamente de la Medicina quiero dejar constancia de la experiencia vivida e intentar agradecer los muchos desvelos que tanto el doctor Moral como todo su equipo y personal de la segunda planta del Hospital Monte Naranco han tenido con nosotros, pues como decía Antonio Machado “hay personas que confunden valor con precio” y nosotros no queremos ser de esos. Lo que han hecho con nosotros no tiene precio y bien lo saben las bellas imágenes de Cristo Crucificado y la Santina, su Madre, que presiden  la acogedora y silenciosa Capilla del Hospital, y es que la medicina de calidad, humana,  siempre merece aplauso y reconocimiento, y estas palabras quieren dar testimonio de ello. Y es que como decía nuestra compañera de habitación, hay que poner cariño en todo lo que se hace, hasta para freír un huevo. ¡¡¡Muchas gracias!!!