Opinión

Es lo que hay

Miserias y grandezas del mundo en el que vivimos

Una mañana de la semana pasada me ocurrieron dos cosas casi seguidas que quiero contaros. Vamos allá. La primera: voy a trabajar por la mañana, en el coche. Hago algo que nunca suelo hacer, pero que ese día hice: poner la radio. Y no es que trate de estar desinformado de lo que pasa a nuestro alrededor, que de sobra todos sabemos lo que pasa, sino de que no te amarguen la vida con la cascada de malas noticias que se suceden una detrás de otra. Ciertamente cuando entré a trabajar tenía el sentimiento de que la humanidad entera camina hacia el abismo. Tal cual la cosa.

La segunda: el primer cliente que tuve esa mañana era un señor que venía a cambiar su testamento. Me acordé de él nada más verle. Tiene tres hijos y hace años hizo otro en el que mejoraba a dos de ellos y al tercero le dejaba lo mínimo; y recordé que de aquella me comentó, con tristeza, por qué hacía eso y los tremendos problemas que le estaba dando ese tercer hijo. Ahora venía a cambiar aquel testamento: los tres hijos iguales. Y también me quiso explicar el por qué.

"Mira –me dijo–, pasé una temporada muy complicada; ese hijo no me daba más que problemas, y alguno bastante serio. Pero me di cuenta de que enfrentándome a él no iba a conseguir nada. Es mi hijo, uno de ellos, y decidí una cosa: quererle; quererle en aquel momento más que nunca; no echarle en cara sus defectos ni sus malos actos, que él ya conocía de sobra, sino perdonarle y confiar en él; hacerle comprender que le quería y que le querré siempre, con defectos o sin ellos; que él estuviera seguro que nunca iba a perder el amor de su padre; que supiera que esos fallos suyos me hacían sufrir, pero también que yo le quería lo suficiente como para sufrir por él todo lo que fuera necesario, y sin pasarle nunca factura de ese amor. Que viera que lo hacía porque era mi deber, porque soy su padre".

"Y sabes, –me continuó diciendo–, la cosa es que por lo que fuera el chaval empezó a cambiar; y un día me preguntó que si podía venir a trabajar conmigo al pequeño taller que tengo, que quería aprender aquello. Y sí, ahí comenzó una nueva vida para los dos. Ahora se ha convertido en mi gran apoyo". Y creedme que se emocionó al terminar de contarme aquello.

Después, ya en casa por la tarde, recordé esas dos cosas de aquella mañana, tan seguidas y tan contradictorias. Una humanidad llena de miserias y también llena de grandezas como la de ese padre; una humanidad capaz de destruirse a sí misma, pero en la que todavía quedan personas como aquel buen hombre que nos permiten seguir dando gracias por considerarnos seres humanos. Pero claro, esto último creo que no nos va a tocar escucharlo en las noticias de la mañana. Posiblemente no "venda" tanto como lo otro. Es lo que hay.

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