Opinión

En busca del éxito

O historia de un fracaso

A veces la vida te da alguna sorpresa, o algo así. La que voy a contar es una de esas historias que, sí, te dejan un poco sorprendido, pero que, en definitiva, son parte de la vida misma. Voy con ella.

La semana pasada me llama un amigo al que hace tiempo que no veía. Fuimos compañeros en el Instituto Jovellanos, en Gijón, allá por el Pleistoceno medio más o menos. Era un auténtico cerebrito, un tío muy abierto y simpático y, además, bien parecido, o sea, que tenía todas las cartas para triunfar en la vida.

La última vez que lo vi, hace ya unos cuantos años, me contó lo bien que le iba todo: estaba trabajando en una Universidad europea, creo recordar que en Bruselas, en la rama de ciencias que le gustaba. Había escrito varios libros sobre la materia y en su terreno era muy conocido a nivel internacional; cada poco iba a dar conferencias a otras universidades por todo el mundo. Y en el aspecto personal, también todo rodado, me dijo: felizmente casado y con niño y niña que habían salido a su padre. Cuando me llamó para vernos me alegré, sí, pero también me preparé para recibir un chaparrón de triunfos.

Pero no. Nada más verlo ya me sorprendió: aquel chaval majo y apuesto se había convertido en una sombra de lo que fue. Sus palabras salían mustias y sus miradas apagadas y hacia el suelo. Le pregunté qué tal le iba todo, y me contestó que en el aspecto profesional mejor que nunca. Buff, ya empieza, pensé, a sacar el paraguas pues, Ricardín. Pero no; enseguida él mismo me empezó a hablar de otras cosas, de su vida personal, y ahí, y con su permiso, os cuento algo de lo que me dijo.

"Mira –empezó–, cuanto más fui progresando en mi trabajo más me fui apartando de mi familia. Llegué a hacerme insoportable en casa. Lo sé. Mi mujer un día, y cansada de aquello, hizo las maletas y se marchó con los críos. Fue lo mejor que ella pudo hacer. Y lo peor que yo pude hacer es que a mí me dio igual aquello. Con mi trabajo tenía bastante. Eso creía. Y pasaron los años. Y mi relación con ellos pasó a ser inexistente. De hecho, creo que tengo algún nieto, pero no te sé decir más".

"Un domingo por la mañana, no hace mucho tiempo –continuó contando–, salí a comprar el pan. Y, a la vuelta para casa, me vino a la cabeza por vez primera un sentimiento que me aplastó como si fuera una losa de granito: estaba solo. Era domingo y no tenía con quién compartir ese pan. Miré a mi alrededor y vi a todos los que me rodeaban; nadie estaba solo. Menos yo y mi barra de pan. Por vez primera también sentí una absoluta sensación de fracaso.

"Por eso estoy aquí ahora, tratando de recomponer lo que aún esté a tiempo de arreglar. Pero sé que lo que no sentimos cuando debimos sentirlo no puede ahora sentirse de nuevo hacia atrás; que ningún lugar duele tanto como aquel al que jamás podrás volver si no es desde el recuerdo. Ayer estuve viendo a mi madre, con la que hace mucho que no hablaba; y no se acordaba de mi nombre ni de que soy su hijo; estoy buscando a los míos para tratar de darles ese abrazo que mi egoísmo les robó, y tampoco sé si llegaré a tiempo. Me fui buscando el éxito y ya ves lo único que he encontrado. Esto es lo que he hecho de mí".

Y así acabó de contarme su historia. Tal cual. Cuando ya nos despedimos en la calle, solo se me ocurrió mirar hacia arriba y decir aquello de: "Virgencita, Virgencita, déjame como estoy". Es lo que hay, sí.

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