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Opinión

Y echaste a andar

Lecciones de vida en el Camino de Santiago

Sí, al final te decidiste a hacerlo. Tuviste otras opciones, claro. Siempre las hay. Podías haber llenado el tiempo con ruido, con distracciones de esas que sirven para anestesiar la vida. Pero no. Te habían hablado del Camino; habías coincidido con varios conocidos que ya lo habían hecho y te animaron a que tú también te atrevieras. Y decidiste ponerte en pie, ajustarte las botas, hacer un hatillo con lo imprescindible y echarte a andar.

Y con cada día, con cada etapa que ibas tachando en el calendario, comenzaste a entender que el Camino es una escuela sin maestro visible, una pizarra escrita con polvo y amaneceres. Porque aquí no hay nada que demostrar. Ni públicos, ni miradas que esperen nada de ti. Solo tú. Y un sendero que no juzga, que te coloca frente a ti mismo con la nitidez de un espejo limpio.

Andando aprendiste muy pronto dónde reside el peso real: no en la mochila, sino en lo que arrastras dentro; en los miedos, las culpas y las tonterías que nunca te atreviste a soltar. Aprendiste que el paso más difícil no es el de la cuesta empinada, sino el del día siguiente, cuando el cuerpo protesta y aun así te calzas las botas. Aprendiste que los atajos, en el Camino y en la vida, suelen ser mala idea; que las cuestas curan y que los descensos traicionan. Y comprobaste que el silencio no es un lugar hueco, sino un viejo amigo al que volviste a reconocer después de mucho tiempo.

Aprendiste también que el Camino enseña sin necesidad de palabras. Y te acuerdas ahora de aquel que pasó a tu lado sin mirarte, justo cuando más lo necesitabas; corría demasiado, pensaste. Unos días después te lo volviste a encontrar y ahora, mira tú, era él el que estaba al borde del sendero. Qué se le va a hacer. Y te acuerdas también, cómo no, del que te ofreció agua cuando la tuya se había agotado; y de ese otro que compartió contigo una barra de pan y una botella de vino en el banco de un pueblo cualquiera; y de aquel que, sin conocerte de nada, redujo el paso para caminar un rato a tu lado. Sí, te acuerdas de esos gestos mínimos y casi anónimos, que confirman que las cosas importantes no hacen ruido.

Y un día llegaste a Santiago. A esa plaza de piedra y horizonte que parece más ancha que el tiempo y en la que se mezclan en silencio el cansancio y la emoción. Y allí entendiste la última y más importante lección: que no hay meta que valga. Que lo esencial fue haber andado. Haber permanecido. Haber estado ahí, en cada kilómetro, en cada duda, en cada esfuerzo que te llevó hasta ese lugar.

Porque el Camino, como la vida, no se gana ni se conquista: se anda. Con las botas gastadas y con esa certeza, dulce y dura a la vez, de que lo único que vale son los pasos. Los tuyos. Y si alguien no lo entiende, bueno… es lo que hay: que se eche también a andar, y ya lo entenderá. Sí.

P.D. Este artículo está dedicado a los compañeros de la "Asociación de Amigos del Camino de Siero, Noreña y Sariego" que la semana pasada finalizaron una nueva peregrinación, esta vez por el Camino Portugués; con todo mi agradecimiento por haber llevado en su mochila y en su memoria a esos otros compañeros que, esta vez, no pudimos acompañarles. Un abrazo y hasta pronto.

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