Opinión
Un cerdo, una rifa y dos párrocos
Relato de humor sobre una excursión a León
A veces la vida te coloca en situaciones muy absurdas. Lo digo porque lo del sábado pasado no fue una excursión: fue un evangelio apócrifo, versión asturleonesa, con toques de Berlanga.
Todo empezó con don Alfredo, llamémoslo así, párroco de un pueblo cercano a Gijón, octogenario ya, pero con más vigor que un ciclista dopado. Me cuenta que un colega suyo de León, también octogenario, también cura, también robusto como una encina de invierno, tenía que cerrar una iglesia y no sabía qué hacer con un Cristo antiguo y en buen estado que allí guardaban. Como en la parroquia de don Alfredo el Cristo estaba ya más machacado que el asfalto del cruce de El Berrón, pensé que aquello sería un simple recado inocente: ir, recoger la imagen y volver. "Dicho y hecho", dije. Primer error: nunca digas "dicho y hecho" a un cura de más de ochenta años. Son palabras que ellos interpretan como un voto solemne.
Pues sí: el sábado voy y llego al pueblo leonés, que estaba en plena jornada de la matanza, entre lluvia, frío y una nave industrial en la que convivían puestos de chorizos, quesos, mieles, calcetines y un cadáver porcino, exhibido con esa naturalidad que solo se da del Pajares para arriba, y que se rifaba entre los asistentes. Compro unas papeletas por aquello de "integrarse", y me voy con don Andrés, llamémoslo también así, el cura local, a recoger el Cristo.
Y ahí llega la segunda gracia: el Cristo era grande. Grande como para no caber en el coche, quiero decir. Yo ya estaba pensando en volver otro día con una furgoneta o en llamar a un transporte especializado, pero don Andrés, insistente, y aunque de tierra adentro con mucha fe en los nudos marineros, decide que aquello se soluciona atándolo al techo. Y así lo hicieron: tres parroquianos, una cuerda, la imagen del Cristo y dos pañuelos rojos en los extremos de los brazos para que no sobresalieran "sin señalizar". Todo muy normativo, muy de manual.
- Con esto no puedo bajar a Asturias- me atrevo a decir.
- Sí que puedes, hombre - responde el cura-. Y si te para la Guardia Civil, les dices que vas de mi parte, que di la primera comunión a la mitad de ellos.
En ese momento yo ya estaba buscando mentalmente el teléfono del seguro. Pero todavía quedaba lo mejor: gané el cerdo de la rifa. Sí. Me tocó. Vaya suerte.
No sé qué pensaba yo qué iba a pasar. Supongo que lo normal: que el cerdo se quedara allí o que lo sortearan otra vez. Pero no. En cuestión de minutos apareció el animal en la pala de un tractor, partido por la mitad, con cabeza incluida, y, eso sí, limpito y con todas las vísceras en dos baldes. Y antes de que yo recopilara mis neuronas, ya me lo habían metido en los asientos de atrás del coche, que en el maletero no cabía, envuelto en algún plástico y asegurado con los cinturones traseros. Cada mitad en un asiento. Un cerdo muerto viajando legalmente. Sí, tal cual.
Así que ahí me tenéis: bajando San Isidro con un Cristo atado arriba y un cerdo amarrado abajo. Y yo en medio, rezando para que nadie me viese y para que la Guardia Civil estuviera tomando café en ese preciso instante. A ver qué les podría contar de todo ese disparate si me hubieran parado…
Me libré de la Benemérita, sí. Pero no del destino: el semáforo de Moreda me cogió en rojo. Y en ese momento aparece detrás de mí una tropa de moteros que, al verme, empiezan a descojonarse como si yo fuera el sidecar de su chiste favorito. Y no les culpo: si yo viera un Cristo con pañuelos rojos encima de un coche y un cerdo con cinturón dentro, también me haría ilusión.
Hasta que entre ellos vi una moto con una pegatina del mismo pueblo leonés. Era mi oportunidad de salvar la dignidad:
- Eres de allí? ¿Conoces a don Andrés? —le pregunto bajando la ventanilla.
El motero cambia la cara y me dice:
- Claro, fue quien me dio la primera comunión.
Tócate las narices, Ricardo, pensé. Va a ser que el cura tenía razón.
El caso es que, enterados de mi misión, decidieron escoltarme, que ellos iban a Gijón y les cogía casi de paso. Mitad de los moteros por delante, mitad por detrás, y yo en medio, como un santo patrón improvisado de una procesión a la vez divina y porcina. Y así llegué al pueblo de don Alfredo entre los rugidos de los motores, los bocinazos de las cornetas de las motos, y un Cristo ondeando en el techo como un estandarte medieval.
Con todo aquel espectáculo salió medio pueblo a recibirme. Y yo, que ya estaba metido en la verbena, también me puse a tocar la bocina, como un poseso. No sé si de alegría o de liberación. Y al final descargamos al Cristo y al cerdo. Don Alfredo, sonriente como si aquello fuera el milagro de los panes, los peces y el transporte por carretera, me dijo:
-Ricardo, el próximo domingo venís a comer tu mujer y tú. Os invito.
Cuando llegué a casa, se lo conté a mi mujer y solo añadí:
- Eso sí: si vamos a comer no pidas carne. Y menos de cerdo. Pide sardinas. Por si acaso.
Sí, es lo que hay. Ya os contaré.
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