Opinión
Belenes
Sobre diversas formas de ese arte navideño
El artículo de hoy va de belenes. Pero no de los que vemos todos los días en los telediarios, que también tienen su gracia. Vamos a hablar de esos otros belenes, tan nuestros: los del portalín, la Virgen, San José con cara de llevar tres noches sin dormir, la mula y el buey, el ángel colgando de un hilo rebelde, un par de pastores despistados y los Reyes Magos, que siempre parecían tener más clase que el resto. Y el Niño, claro, que en mi casa se ponía en Nochebuena. Y así era la Navidad: sencilla, reconocible y sin sorpresas.
Pero llegaron los tiempos modernos y, con ellos, las ocurrencias. Hoy los belenes están habitados por las faunas más variopintas: figuras de formas imposibles, dinosaurios haciendo de ganado, superhéroes tomando posiciones entre los pastores, futbolistas arrodillados ante el portal, y que sé yo qué cosas más… Mismamente, aquí en Pola, el célebre belén de pitufos, esos muñecos tan de moda en Siero, moda misteriosa donde las haya, rodeando al Niño como si hubieran pedido audiencia. Y lo peor es que los ves tan contentos que casi te convencen.
Y aún así todo tiene su encanto. Será que la Navidad admite casi cualquier cosa cuando hay algo de cariño detrás. Pero yo, qué le voy a hacer, en esto soy un sentimental: a mí me tiran los belenes de siempre, los que huelen a hogar, a infancia, a peladilla y a turrón blando. Esos que forman parte de nuestra memoria, de nuestra forma de entender estas fechas, del niño que llevamos dentro o del adulto que finge que no le importa… hasta que sí.
Y cuando uno quiere reconciliarse con la tradición belenista, aquí lo tiene fácil: desde los magníficos belenes que hay en la exposición de la plaza cubierta de Pola, pasando por los de Villaviciosa, hasta llegar, cómo no, al belén monumental del Asilo de Ancianos Desamparados de Pola de Siero. Una joya, con todas las letras. Y me acuerdo ahora de mi buen y recordado amigo Juan Manuel Rodríguez Díaz, que durante tantos años cuidó, mantuvo y enseñó esa obra de arte, y que quiso iniciarme en el maravilloso mundo del belenismo. Y menos mal que solo lo intentó.
Y ahora la pequeña historia personal del día: cada vez que una de mis hijas se independizó, llegadas sus primeras Navidades fuera de casa, les regalé un belén. Pero no un belén comprado, no. Uno hecho por mí. Imaginaos el nivel del desastre. La operación era siempre la misma: ir a un chino, o a varios, y reunir materiales con criterio dudoso: un cofrecito de madera, unas figuritas que más o menos quedaran bien, o no, y un trozo de papel piedra. Y pegamento de ese que te deja los dedos soldados a lo que toques y que acaba pegándose a todo menos a lo que debe. El resultado: unos churros de belenes que no los arregla ni la restauradora del Ecce Homo ese de Borja.
Lo sorprendente es que, cuando voy a sus casas, incluso en primavera, allí sigue expuesto mi churro de belén, tan campante. Y eso, creedme, vale más que cualquier figura de lujo. Porque ahí, en ese pequeño desastre artesanal, está todo lo que uno quiere transmitir. Lo que somos. Lo que recordamos. Lo que dejamos detrás. Y lo que no queremos que se pierda.
Es lo que hay. Creo que sí. Por eso quería hablar de belenes.
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