Opinión
Aún no he ido a Vigo
Sobre la Navidad y sus luces
Sí, lo confieso. Aún no he ido a Vigo. Lo digo en voz alta, como quien admite una falta menor, como quien sabe que vivimos en un mundo en el que llegado diciembre, o septiembre, que ya viene a ser lo mismo, parece obligatorio peregrinar a alguno de esos lugares en los que las bombillas se han elevado casi a una categoría moral, o algo parecido.

Aún no he ido a Vigo
La cosa es que claro que no hace falta ir a Vigo. Era solo una referencia conocida. Te vale cualquier ciudad o casi ya pueblo de nuestra querida España, no sé lo que pasará fuera de ella, para encontrarte con árboles visibles desde la Estación Espacial Internacional, o calles de las que uno sale con la sensación de que, como aprietes mal un interruptor, van a saltar los plomos de media Europa. Y ahí es cuando uno empieza a pensar que esto de la Navidad se nos ha ido un poco de las manos.
Sí, aún no he ido a Vigo. Pero os cuento: hace unos días tuve que ir a una casa de una aldea cerca de Pola. Una casina donde viven una paisana, ya entrada en la octava planta de la vida, y su paisano, del que no sé la edad, aunque el hombre no se conserva tan bien como ella. Una casa pequeña, de esas que huelen a leña y a historia vivida. Ella todavía cuida el huertín por la mañana; y por la tarde, mientras atiende al marido, ve primero la telenovela y después el "Pasapalabra", al calor de una cocina de carbón que aún manda más que cualquier radiador inteligente.
Y entre fotos de comuniones de algún hijo o algún nieto, vi un belén pequeñín, de los de toda la vida. Y al lado, un arbolín de Navidad, también pequeño, artificial, claro, pero con sus lucecitas. Se apagaban y se encendían despacio, sin prisa, dando vida a aquella estancia humilde y sincera. Y allí, sentado un rato, entendí algo.
Pues sí, entendí que aquel árbol diminuto, en aquel diminuto hogar, transmitía más Navidad que cualquiera de esos gigantes luminosos en guerra por ver cuál es más grande. Porque allí había calor humano. De ese que no depende del tamaño ni del diseño, sino de la cercanía. Así de fácil es la cosa.
Y entonces me acordé también, no quiero que pasen estas fechas sin hacerlo, de los Narices Azules, esos payasos de hospital de los que hablábamos aquí ya hace un año. Héroes anónimos empeñados en sacar una sonrisa a niños cuyas luces más cercanas no son las de Navidad, sino las de las máquinas que les rodean. Ellos sí que saben de iluminación. De la buena. De la que no se enchufa ni se inaugura con un discurso.
Porque, al final, las auténticas luces de la Navidad, como las de la vida, no cuelgan de cables ni se miden en vatios. Salen de dentro. Y sirven para iluminar, con luz de la de verdad, a los que tenemos cerca. Todo lo demás es decorado.
Es lo que hay.
Y sí, Feliz Navidad. Claro.
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