Saltar al contenido principalSaltar al pie de página

Secciones

Opinión

La agenda

Sobre los propósitos de Año Nuevo

A finales de año siempre hago el mismo gesto, casi litúrgico. Abro el cajón, saco la agenda del trabajo del año que se va y la coloco en la balda de las ya jubiladas. No la tiro, no; nunca tiro las agendas. Las guardo por si acaso. El "por si acaso" es una de las grandes coartadas del ser humano para no desprenderse de nada, empezando por los recuerdos y acabando por los miedos.

Antes de archivarla, me da por abrirla. Por curiosear. Por ver qué es lo que me preocupaba en enero, en febrero, en marzo. Y entonces pasa lo inevitable: me entra la risa. Ahí está anotado aquel asunto que me quitó el sueño. Aquel tema importante, aquella urgencia que parecía que se acababa el mundo. Y míralo ahora. Muerto. Enterrado. Olvidado.

La cosa se vuelve todavía más dura cuando abro al azar agendas de hace cinco, diez o quince años. Aquello que entonces me parecía una cuestión de vida o muerte hoy no merece ni un encogimiento de hombros. Y uno se pregunta, con una mezcla de ironía y cansancio, cómo fue posible dejar que tantas tonterías nos robaran tiempo, salud y hasta un trozo de alegría. Cómo consentimos que lo accesorio se sentara en la cabecera de la mesa y diera órdenes.

Así que cierro la agenda vieja, saco la nueva, todavía virgen, claro, sin tachones ni sobresaltos, y, llevado por ese optimismo irresponsable que nos entra cada día uno de enero y se nos pasa el día dos, me hago algunos propósitos. No grandes gestas. Cosas sencillas. De esas que, si las cumpliéramos, nos ahorrarían muchos disgustos:

Y me prometo no volver a dramatizar lo que tiene solución. Aprender a distinguir entre lo urgente y lo importante, que rara vez coinciden. No perder la calma por lo que no depende de mí. Tratar bien a la gente que tengo cerca, aunque el día venga torcido. No vivir permanentemente enfadado con el mundo, que el mundo suele pasar bastante de nosotros. Agradecer más y quejarme menos. Y, sobre todo, no dejar para mañana lo que de verdad importa hoy, porque mañana suele llegar con otras prisas.

Luego, cuando ya tenía casi cerrado este artículo, me acordé de una conversación que tuve hace unos días y que quiero contaros. Un chaval joven, cercano, hablando de propósitos de Año Nuevo, soltó uno que me dejó desarmado. Dijo, así, sin épica ni postureo, que el suyo del pasado año había sido decir más veces a sus padres que los quería. Que lo había intentado durante el año, pero que se había quedado corto. Y que este año tenía que mejorar.

Valentía, pensé. Valentía de la buena. Porque no está de moda. Porque no se estila. Porque decir "te quiero" parece sencillo, pero no lo es. Porque da pudor. Porque siempre creemos que habrá tiempo. Y no siempre lo hay. Cuántas veces hemos perdido la ocasión de decir algo tan simple a nuestros padres, o a esa persona a la que tenemos tan cerca. Cuántas veces lo dejamos para luego, como si fuera un trámite menor. Y cuánta alegría, los que somos padres lo sabemos bien, hay en esas dos palabras cuando vienen de un hijo.

Así que, al cerrar la agenda nueva pensé que quizá ese debería ser el único propósito serio. Lo demás son fuegos artificiales. Al final, cuando dentro de unos años alguien abra al azar una agenda vieja, lo que de verdad importa no suele estar escrito entre citas y reuniones, sino en lo que hicimos, o no hicimos, con la gente a la que queríamos.

Lo demás, ya se sabe. Es lo que hay.

Suscríbete para seguir leyendo

Tracking Pixel Contents