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Sobre ilusiones y magias de los Reyes de Oriente

Reyes. Un país entero se permite, durante unas horas, bajar la guardia. Y no solo los niños. También los mayores. Quizá, sobre todo, los mayores. Porque para un chaval la magia es un derecho natural; para un adulto, un acto de resistencia. Y yo, pues qué queréis que os diga, sigo resistiendo. No como cuando tenía 6 años, claro. Ahora uno no cree igual: ahora se aferra. A esa forma adulta de tomarse en serio casi todo lo que merece la pena.

Por eso me parece importante que podamos seguir manteniendo viva la figura de los Reyes Magos, en ese algo capaz de hacernos decir: oye, sí, este mundo es duro, pero, mientras pueda, te voy a proteger la ilusión. Y gracias a ellos, cada 5 de enero ocurre algo extraordinario: padres y abuelos cogen a sus hijos y a sus nietos de la mano, aparcan durante un rato los problemas, las discusiones y el cansancio, y salen a la calle a mirar pasar una cabalgata como si el mundo, por una vez, no fuera un sitio hostil. Y no lo es. Al menos esa noche.

Os cuento: hoy hace cuatro años que publiqué mi primer artículo en esta columna. Se titulaba "La lavadora de los Reyes Magos". Todavía hay quien me pregunta si aquella historia fue real. Y sí que lo fue, claro. La viví de cerca. Un niño que, en su carta a los Reyes, no pedía juguetes ni tecnologías de última generación, sino solo una lavadora para su madre. La que tenían vieja se había roto y en su casa había otras prioridades. Y en esa historia de la lavadora había muchas cosas: la infancia, la crudeza del mundo, la dignidad y, sobre todo, la esperanza de que alguien, aunque lo llamemos rey mago, hiciera lo que los adultos no siempre sabemos o no siempre queremos hacer. Y ahora, allá va la historia de hoy:

Tengo tres hijas. Y una relación con los Reyes Magos que, vista con perspectiva, roza el expediente administrativo. Os explico: cuando mi hija mayor tenía 6 años, la llevé a la cabalgata; probablemente fuera la última vez que los viera con la certeza de que eran reales. Cuando la comitiva ya se alejaba, la cogí en brazos y, señalando la última carroza, se me ocurrió preguntarle si quería que pidiéramos a los Reyes que al año siguiente viniéramos con un hermanín.

–Sí –me dijo–, pero si es una hermanina, mejor.

Dicho y hecho. ¿Sabéis qué día entró en casa mi segunda hija? El 6 de enero del año siguiente. Tal cual, oye.

Seis años después, la escena se repitió con esa segunda hija. Cabalgata, final, y la pregunta:

–¿Pedimos otra hermanina?

–Sí, papá –contestó–, pero que no nazca el mismo día que yo. Vamos a decirles que venga para Navidad.

¿Y sabéis qué día entró en casa mi tercera hija? El de Nochebuena de ese mismo año.

Seis años más tarde, al terminar la cabalgata, cogí a la pequeña y me marché pitando. Por si acaso.

Así que, cuando hoy alguien me pregunta si sigo creyendo en los Reyes Magos, suelo responder que a estas alturas del partido ya no sé muy bien en qué creer. Pero después voy y me remito al Registro Civil, que ese me parece que no inventa nada.

Sí. Es lo que hay.

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