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Los que sí compartimos patio

Sobre la prohibición de jugar al fútbol en un colegio de Pola

Lo leíamos aquí mismo hace unos días: en un colegio de la Pola se prohíbe jugar al fútbol en el patio. La Consejería lo avala, que para eso están los técnicos, que siempre saben más que uno. Se garantiza la igualdad, dicen. Se reducen los conflictos. Y, atención al hallazgo pedagógico, los niños disponen ahora de cajitas con materiales variados para "fomentar la participación de todo el alumnado". Maravilloso. El progreso envuelto en cartón reciclado.

Uno, antes de ser adulto, tuvo la suerte de poder ser niño. Y servidor se acuerda perfectamente del patio de un colegio de Córdoba. Aquel rectángulo de cemento era nuestro universo. El recreo era corto, pero intenso. El partidillo diario era la ilusión de cada mañana. Los mediopensionistas además, entre clase y comida, volvíamos a la carga. Aquello era vida.

Claro que el patio no era solo de los futboleros. Estaban los del paseíllo peripatético, que daban vueltas hablando de sus cosas como viejos profesores griegos; y los que jugaban a las chapas; y los que intercambiaban cromos... Y allí convivíamos todos. Aunque fuera a codazos. Yo era de la clase letra B. Unos días tocaba pelearse, de aquella manera, con los de la A y otros con los de la C. Y luego nos sentábamos juntos a comer y a compartir el pan y la sal. Nadie necesitaba mediadores emocionales ni protocolos de conflicto. Aprendíamos, sin saberlo, a convivir. A perder. A ganar sin humillar al otro. Porque mañana había otro partido.

Ahora, por lo visto, no. Ahora es mejor la cajita. Cada oveja con su pareja. Cada niño en su microisla lúdica, no vaya a ser que el roce genere humanidad. Conflictos no, por favor. Que la vida ya se los traerá más tarde, sin entrenamiento previo. El siguiente paso será evidente: patio virtual, recreo con gafas de realidad aumentada y avatares que no chocan, no gritan y no sudan. Así no hay problemas. Ni tampoco vida.

Desde mi ignorancia técnica, que podrá ser profunda, pero desde mi experiencia como niño primero y como adulto después, todo esto me parece una inmensa estupidez. Iba a decir una magnífica gilipollez, pero me corté un poco, por si acaso, ya sabéis. Pues sí, una estupidez diáfana. Pedagógica en el peor sentido. Todavía hoy, cincuenta años más tarde, aún hablo con algunos de aquellos compañeros de patio. Y nos acordamos de los nombres de cada uno. Y de los goles dudosos. Y de las broncas. Y de las risas. Y seguimos ahí. Eso es la vida: una larga conversación que empezó en un patio compartido.

No sé qué habría sido de nosotros si lo que hubiéramos compartido fueran "cajas de materiales". No quiero ni pensarlo. Me da la impresión, y ojalá me equivoque, de que estamos fabricando futuras generaciones de tarados funcionales, incapaces de chocar, discutir, arreglarse y seguir adelante. Aún más tarados, incluso, de lo que deberíamos estar los que sí pudimos, quisimos y supimos compartir el patio.

Pero en fin. Lo dicen los técnicos. Será por algo. Es lo que hay, claro.

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