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Abuso

Nadie duda de que la sexualidad tiene un peso fundamental en nuestra existencia y su importancia y su anclaje en los instintos hizo que la sociedad, desde su inicio, haya hecho regulación de los comportamientos al respecto. Se consideran adecuados unos e incorrectos y hasta delictivos otros.

Las sociedades democráticas, en este ámbito como en otros, tienden a la protección de los más débiles y vulnerables, de ahí que mujeres y menores, en principio en situación de desventaja, gocen de la atención preferente de la ley. Hemos visto esta semana el aparente escándalo de Julio Iglesias y a cualquiera nos dice el cuerpo que si para él su posición de fama y poder es una patente de corso para tener semejante comportamiento con las mujeres, justo es que sienta el peso de la ley y aprenda, aunque tarde, que ni los Iglesias ni los Rubiales pueden hacer de las mujeres un útil para su poder o lascivia.

También asistimos a la firma de acuerdo entre la Iglesia y el Gobierno para la reparación a víctimas de pederastia por el clero español. Los miembros de la Iglesia sufrimos con estos actos porque sentimos que la Iglesia también es nuestra y nos alegra que se haya adoptado valientemente una postura de asunción de responsabilidad, pero comparto con nuestro presidente de la Conferencia Episcopal que no es la Iglesia el único ámbito donde se producen estos abusos. En Educación, Sanidad, familia... Abundan también casos de abusos. Igual sería deber de Estado ampliar miras y buscar fórmulas para reparar a todas las víctimas de tan execrables acciones, hayan ocurrido en el ámbito que fuese.

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