Opinión | Es lo que hay
Trenes
O los raíles de la vida
No. Aunque el artículo se titule “Trenes”, no voy a hablar del terrible accidente del AVE de la semana pasada en Adamuz. De eso ya se ha hablado y se tendrá que seguir hablando, y por desgracia a menudo en boca de tertulianos de guardia, expertos sobrevenidos o habituales del mercadeo del dolor ajeno. No va de eso este artículo. O no exactamente.
Va de un domingo por la tarde. De esos anodinos. Estaba en casa, con la televisión puesta y la cabeza en ninguna parte, que es donde mejor descansa, cuando sonó el teléfono. Era mi hija mayor. Teletrabaja en Málaga y, de vez en cuando, le toca subir a Madrid.
“Os llamo para que estéis tranquilos”, dijo. “Ha habido un accidente del AVE Málaga-Madrid. Dicen que hay algún muerto. Es el tren, el día y la hora que yo suelo coger. Pero esta semana no me tocaba ir. La que viene, sí.”
Y colgó. Y empezaron a llegar noticias. Y números. Y ese silencio raro que se te queda dentro cuando la vida te roza con el hombro y sigue caminando, como si nada.
Entonces pensé en las vías. En los raíles. En esos hierros paralelos que parecen tan firmes, tan seguros, y que sin embargo guían nuestras vidas de una manera inquietantemente arbitraria. En lo fácil que es tenerlo todo previsto y en cómo basta un segundo para que todo salte por los aires. Y ahí te quedas tú, con tus previsiones hechas trizas, mirando al vacío.
También pensé, no pude evitarlo, en las ilusiones, las inquietudes, los futuros llenos de luz que quedaron atrapados entre hierros retorcidos y vagones destrozados. Vidas enteras reducidas a una cifra en un rótulo de televisión. Así de rápido. Así de cruel.
Los raíles de la vida. Esos que creemos dominar. Sí. Servidor no ha creído nunca demasiado en el destino. Siempre pensé que a cada uno le reparten unas cartas - la familia, el lugar, la suerte o su ausencia -, y que la partida hay que jugarla lo mejor posible. Con lo que hay. Y eso ya no es destino, son ganas de vivir. Por eso nunca me convenció esa gente que, cuando no consigue algo que tampoco peleó, se encoge de hombros y dice “no estaba de ello.” Coartada perfecta para quedarse tan pancho.
Pero luego pasan estas cosas. Golpes secos. Inesperados. Y uno comprende que hay tramos del viaje donde no decides nada. Que esas vías invisibles que recorremos tienen estaciones marcadas que no dependen de ti. Que puedes llevar el billete correcto y aun así quedarte en el andén equivocado.
Y esa certeza, incómoda y amarga, es la que te empuja con los años a algo muy simple: aprovechar. Vivir con más conciencia. Exprimir los días. No dejar llamadas pendientes ni abrazos para mañana. Y dar gracias a la vida o a quien corresponda cuando, una semana después, tu hija vuelva a llamar y simplemente te diga: “Papá, ya llegué. Todo bien”.
Entonces entiendes que, mientras el tren siga en marcha, lo único sensato es mirar por la ventanilla y no desperdiciar el paisaje.
Y a las víctimas del accidente, y a sus familias, solo cabe recordarles con respeto y cariño. Cuando ya no puedes hacer nada, el consuelo es lo único que queda.
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