Opinión
A pesar de los años
Sobre edades y ganas de vivir
Ya le hemos arrancado al calendario la hoja de enero, ese mes que entra siempre haciendo ruido y se va a la francesa, cuando menos te das cuenta. Parece que fue ayer cuando aún no había llegado y ya empieza a oler a pasado.
Hace unos días me decía un amigo, con setentaytantos cumplidos pero con parecidas ilusiones a cuando tenía treinta, que llega un momento de la vida en el que las horas pasan despacio, pero los meses y los años vuelan. Y uno, que todavía se cree joven de cuerpo y de espíritu, faltaría más, empieza a inquietarse. Porque también lo empieza a notar. Porque esta mañana vio en el espejo una arruga que ayer no estaba. Porque hoy, al levantarse, las rodillas también decidieron opinar.
Siempre nos contaron, y casi siempre lo hemos visto, que envejecer consiste en sumar años, abandonar cosas, apagar curiosidades, aplazar ganas “para otro día” o archivar ilusiones en un cajón con la etiqueta de “ya no toca”.
La cosa es que hay jóvenes con la cara tersa y el alma jubilada, y viejos con la espalda doblada pero la mirada en pie de guerra. Sí, lo cierto es que la edad no está en las rodillas ni en la piel ni en las canas, sino en la rendición. Está en el día exacto en que uno decide que ya no merece la pena aprender algo nuevo, o cambiar de rumbo, o emocionarse con una canción, un libro o una conversación a deshora. Ese día, compañero, ya estás amortizado.
Cumplir años debería ser, en todo caso, un ejercicio de resistencia. Seguir levantándose con hambre de mundo, aunque el mundo a veces muerda y no siempre tenga buen carácter. Mantener intacta la capacidad de asombro, incluso cuando el cuerpo proteste y el médico te hable con una cercanía que empiece a inquietar. Sí, no hacerse viejo consiste, básicamente, en no convertirte en un simple espectador de tu propia vida, con asiento numerado y aplauso educado al final.
A los que ya van, y vamos, sumando esas décadas que pasan cada vez con menos miramientos, lo que nos conviene es dar gracias por lo vivido y recordar que todavía estamos a tiempo. A tiempo de empezar algo, lo que apetezca. De equivocarnos otra vez, que tampoco pasa nada. De disfrutar sin pedir permiso ni perdón. A tiempo de vivir con intensidad razonable y pasión suficiente, que no es mala combinación.
Las hojas del calendario seguirán cayendo; eso es inevitable, y ojalá que veamos caer muchas. Pero quiero pensar que cuando me llegue la hora de doblar esa esquina, cuando me alcance el invierno, seré de esos a los que aún les quedan ganas y pulso para brindar por lo que sea, para reírse de sí mismos y para seguir pasando esas hojas mirando hacia delante con la mochila cargada de ilusiones. Que la vejez espere sentada. Y si no quiere esperar, que se largue.
Es lo que hay.
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