Opinión | Es lo que hay
Sopa de ajo
Relato de humor sobre un intento gastronómico
Hay tardes de invierno que piden a gritos recogimiento, silencio y cierta dignidad doméstica. Tardes de chimenea encendida, bata puesta, un libro de esos que uno subraye para sentirse intelectual, y una copita de coñac que se deje calentar en la mano como si fuera una mascota bien educada. Todo en su sitio. Todo bajo control. O eso cree uno.
El pasado sábado era una de esas tardes. Yo estaba allí, en paz conmigo mismo y con el mundo, mientras en la televisión, encendida como quien pone música de ascensor para no oírse pensar, aparecía un tipo haciendo sopa de ajo en una cazuela de barro, al fuego, con gesto solemne. Ajo laminado, pan asentado, pimentón, aceite, caldo, huevo escalfado… Aquello tenía una pinta tan reconfortante que pensé, con la arrogancia del espectador de sofá: “Eso también lo hago yo.”
Y entonces miré al fuego de la chimenea. Y recordé que en el sótano tenía una vieja jarra de barro, de esas de vino, robusta, campesina, con más pasado que futuro. Mala combinación: fuego, barro y autoestima culinaria. Bajé, encontré la jarra, la limpié y me dispuse a reproducir la receta tal cual la había visto, convencido de que en breve estaría degustando una sopa memorable. Ajo picado, pan en remojo, aceite generoso, pimentón con mano torera… Ya me veía yo firmando tratados gastronómicos. Pero la realidad, como suele hacer, decidió intervenir.
La jarra, colocada en la chimenea con la solemnidad de un rito ancestral, empezó a comportarse como un objeto hostil. Humo por aquí, tizne por allá. Yo trajinando, recolocando, acercando y alejando del fuego como si aquello fuera una operación quirúrgica. Resultado: la bata, negra como un minero veterano; el libro con un elegante velo de hollín; y el coñac, pobre, convertido en una especie de café irlandés de chimenea.
Sigo: en uno de esos movimientos de precisión que solo dominan los imprudentes, la jarra se inclinó. No mucho. Lo justo. Media sopa o lo que fuera aquello acabó desparramada en las brasas, chisporroteando como si estuviera viva. El olor era indefinible: una mezcla entre engrudo medieval, yeso caliente y derrota personal. Aquello no lo comía ni el perro.
Pero lejos de aprender la lección, decidí rematar la faena con un postre experimental. Había visto en la televisión, otra vez la televisión, cortar una manzana en tiras, un ratín al horno, y ponerle queso fundido por encima. Así, sin más. Corté una manzana con pulcritud de cirujano y encontré en la nevera un resto de queso cabrales. “Perfecto”, pensé, sin saber que acababa de firmar una declaración de guerra olfativa.
Plato de barro, manzana, cabrales y a la chimenea también. Al principio todo parecía ir bien. Hasta que el queso empezó a derretirse. Aquello no fue un olor: fue un ataque. Un golpe directo al sistema nervioso que se expandió por la casa como una nube tóxica. Descubrí entonces que el cabrales al fuego no es un alimento: es un arma química. La pituitaria humana no está preparada para eso.
Corrí a la cocina con el plato, pero ya era tarde. El daño estaba hecho. La casa entera olía a cueva húmeda, a calcetín existencial, a error irreversible. Yo me quedé allí, solo, con mi sopa de cemento, mi postre radioactivo y la dignidad seriamente dañada.
Cuando llegó mi mujer, tras pasar la tarde fuera, no cruzó el umbral: lo tanteó. Preguntó qué había hecho. No hizo falta responder. Vio los restos en la cocina, la jarra ennegrecida, el plato sospechoso, y propuso salir a cenar una pizza. Opción sensata. Añadió, como quien dicta sentencia, que una amiga le había hablado de los ambientadores de ozono.
Han pasado días. El olor sigue ahí, agazapado, esperando. Voy a tener que comprar un bicho de esos. Ya os contaré qué tal. Si es que sigo vivo.
Es lo que hay.
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