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Los dos árboles

El domingo pasado me dio por hacer un pequeño tramo, precioso, del Camino de Santiago a su paso por Siero. Dejé el coche cerca de El Castro, en el límite con Sariego, y fui caminando hasta la capilla de la Bienvenida, esa que se esconde en el bosque, por esa senda discreta que no presume de nada y lo tiene todo. Iba con paso de domingo, el que no llega a ningún sitio pero acaba llegando, cuando ya cruzado el Río Seco y empezando la cuesta arriba, apareció el banco. Un banco de madera, humilde, bien puesto, como si supiera que ahí, justo ahí, a alguien le iba a hacer falta sentarse.

 Y me senté.

Delante tenía dos árboles. No especialmente altos ni fotogénicos. Dos árboles normales, que es como decir dos veteranos de la vida. Y entonces, como pasa siempre que uno se queda quieto, empezó a dar vueltas la cabeza. Y me acordé de una historia vieja, de esas que se te quedan pegadas sin saber muy bien por qué: la de los dos árboles que soñaban con ser otra cosa.

Contaba esa historia que había dos árboles que, cuando eran jóvenes y flexibles, tenían planes. Uno quería ser un gran barco, cruzar mares, oler a sal y tormenta. El otro soñaba con ser una casa, un refugio cálido donde la gente se quisiera sin pedir permiso. Cosas grandes. Cosas nobles. Cosas que uno sueña cuando aún no ha llegado el leñador.

Pero el leñador llegó, claro. Antes o después siempre llega. Y los cortó.

El primer árbol, el que quería ser barco, acabó convertido en tablas bastas, almacenadas en un cobertizo oscuro donde nadie hablaba de océanos. El segundo, el que soñaba con ser casa, fue serrado sin ceremonia, despojado de su copa orgullosa y reducido a vigas anónimas. Ninguno fue lo que había imaginado. Y ahí, en ese punto, la historia suele volverse amarga, como se vuelven las conversaciones cuando hablamos de frustraciones, de futuros que no eran, de vidas que tomaron la salida equivocada.

Pero el tiempo, que casi siempre es el único guionista decente, hizo su trabajo.

Las tablas del primer árbol terminaron siendo un banco. Un banco como en el que yo estaba sentado. No un barco glorioso, no mares, ni banderas ni islas por descubrir. Un simple banco. Un sitio donde alguien se sienta a reposar. Donde un cansado recupera el aliento. Donde una conversación empieza o un silencio se ordena. Un lugar pequeño, sí, pero imprescindible.

Y aquellas vigas anónimas del segundo árbol acabaron sosteniendo el techo de una escuela. No fue la casa soñada, con chimenea y tardes de domingo. Pero sostuvo algo más frágil que una familia: el futuro de otros. Bajo esas vigas alguien aprendió a leer. Alguien sumó por primera vez. Alguien supo que el mundo era más grande que su pueblo.

Y entonces entiendes.

Entiendes que casi nunca somos lo que soñamos ser, pero a veces acabamos siendo algo más útil, más necesario, más grande de lo que nuestra frustrada ambición podía imaginar. Que el fracaso, visto desde lejos, tiene mala prensa. Y que la dignidad suele esconderse en los finales que no salen en las películas.

Y me levanté del banco con esa idea rondando. Los árboles seguían ahí, callados, haciendo de árboles. Yo seguí camino hacia la capilla, que para eso estaba la senda. Pensé en mis propios planes talados, en los tuyos, en los de todos. Y me dije, volviendo la vista al banco y con una sonrisa, que quizá no va tan mal la cosa si al final uno sirve para que alguien, algún día, se siente un rato y respire.

Y eso, creedme, no es poca cosa. Sí, es lo que hay.

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