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Opinión | Es lo que hay

Estás ahí

Sobre una frase de Fernando Ónega

Hace unos días nos dejó Fernando Ónega, ese gran periodista y comunicador. Con ese motivo repusieron en televisión una entrevista que ya había visto hace no mucho y que, al volver a verla ahora, me produjo exactamente lo mismo que la primera vez: me quedé enganchado a una frase. Una frase muy sencilla.

Contaba Ónega que había pasado por una enfermedad dura, de esas que te ponen la vida delante de golpe y sin adornos. Y habló de su compañera, que le donó uno de sus riñones para que él pudiera seguir viviendo. Sí, uno de sus riñones. Y explicó que, al despertar de la operación, la vio en una cama al lado de la suya, y sólo acertó a decirle una cosa:

- Estás ahí.

Y ahí me enganché. A esas dos palabras. Solo dos palabras, que, sin embargo, lo dicen todo. Porque en el momento de la verdad uno se da cuenta que la vida no se sostiene con discursos grandilocuentes ni declaraciones sacadas de alguna película, sino con otra cosa mucho más sencilla: con la gente que está cuando de verdad hace falta. Con tu pareja, que sabe cuándo tiene que apretarte la mano; tu padre, que aparece sin preguntar cuando todo se tuerce; ese hijo que te llama para ver cómo estás aunque no tenga nada importante que decir; o el amigo que no hace ruido pero que no se marcha cuando la tormenta aprieta. Gente a la que puedes mirar y decir simplemente y con alivio: “Estás ahí”.

Vivimos rodeados de ruido, redes sociales, discursos inflados, afectos que duran lo que dura un mensaje de móvil. Todo muy intenso, muy emotivo… Pero casi siempre bastante ligero. Como la espuma. Pero la vida de verdad, la que pesa, funciona con otra lógica. Funciona con presencias. Con alguien sentado cerca cuando las cosas se ponen feas. Con alguien que aguanta tu silencio sin necesidad de llenarlo. Con alguien que no arregla el problema, pero se queda a tu lado mientras pasa.

Eso es todo. Y no parece gran cosa… hasta que un día lo necesitas. Entonces descubres que esa frase tan sencilla, tan humilde, ese “estás ahí”, es en realidad una de las verdades más limpias que puedes tener la suerte, y también la grandeza, de decir.

Porque al final, la vida, cuando se le quita el ruido, se queda en algo muy simple. En tener a alguien cerca, en una habitación de hospital, o en una cocina cualquiera, durante la cena después de un día duro de trabajo, o en mitad de una mala noche, a quien poder decirle ese “estás ahí”. Y saber que la respuesta ya estaba dada antes de preguntar.

Lo demás, casi todo lo demás, es decorado. Sí. Es lo que hay. Y gracias, claro, a Fernando Ónega por recordárnoslo.

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