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Opinión | Es lo que hay

Las dos hijas de Bahar

Carta a una madre iraní

 Perdón, Bahar.

Permíteme empezar así, porque empezar con un “querida Bahar” sería demasiado fácil, demasiado limpio, demasiado cómodo para alguien que escribe estas líneas desde una mesa tranquila, en un país donde las madres no suelen velar a sus hijas muertas por culpa de los hombres que juegan a la guerra. Así que empiezo pidiendo perdón. Perdón por la hipocresía de este mundo nuestro que a veces mira, se estremece un momento y después pasa la página.

Bahar significa primavera. Lo he buscado. Y pensé que era un nombre hermoso para una mujer que hizo florecer dos vidas: Ursiya y Yasmina; el lirio blanco y el jazmín. Las flores de tu primavera. Imagino, porque sólo puedo imaginar, cómo debió de ser vuestra casa antes de que el mundo se rompiera. Una casa cualquiera, con conversaciones cotidianas, con risas de muchachas, con pequeñas discusiones domésticas, con el ruido de la vida normal que a veces no sabemos valorar hasta que desaparece.

Ursiya tenía dieciocho años. Dieciocho. La edad exacta en la que el mundo debería estar empezando. La edad en la que uno cree que todo es posible: estudiar, viajar, enamorarse, elegir su propio camino. Pero en algunos lugares del mundo esa edad también es la edad en la que una chica decide salir a la calle para pedir algo tan peligroso como la libertad.

Porque sí, Bahar. Lo sabemos. Lo hemos visto en las noticias entre el ruido de otras noticias, entre la publicidad y los partidos de fútbol. Mujeres iraníes que se rebelan contra un régimen que decide cómo deben vestir, cómo deben vivir, cómo deben respirar. El 9 de enero hubo manifestaciones. Miles de personas en la calle. Gente joven. Muchachas como tu hija. Muchachos que tal vez la miraban con esa mezcla de admiración y nerviosismo que provoca la belleza y el coraje. Y luego llegaron los disparos. Siempre llegan. La historia humana tiene una habilidad asombrosa para responder a las palabras con balas.

Y allí, en algún punto de esa multitud, cayó Ursiya, tu hija. El lirio blanco. Dieciocho años tendidos en el suelo, mezclados con polvo, gritos y sangre. Allí quedaron sus ganas de vivir, sus sueños, sus posibles mañanas. Todo eso que nunca sabremos.

Luego vino lo otro. Lo que siempre viene después cuando los hombres poderosos deciden que el mundo es un tablero de ajedrez. Los señores de la guerra, los de aquí y los de allí, empezaron a mover sus piezas. Declaraciones solemnes, discursos patrióticos, amenazas envueltas en palabras nobles. Y finalmente misiles. Los misiles tienen algo curioso: nunca caen en los despachos donde se deciden las guerras. Caen en barrios. En hospitales. En escuelas.

Así fue como llegó el segundo golpe. Uno de esos misiles perdidos, aunque todos sabemos que ningún misil está realmente perdido, cayó sobre una escuela. Y allí estaba Yasmina. Tu otra hija. Doce años. El jazmín que aún podía dar algo de luz a tu primavera.

Tus dos hijas, Bahar. Dos flores arrancadas de raíz por la misma brutalidad humana. Hace unos días me pareció ver tu foto en un periódico, aunque no fueras tú, sentada frente a un pequeño ataúd. La cabeza entre las manos. Sin lágrimas ya. Porque llega un punto en que el dolor es tan grande que ni siquiera encuentra agua en los ojos. Sólo esas manos secas sosteniendo el peso de una vida que se quedó sin primaveras.

Mientras tanto, los señores de la guerra siguen hablando. Siguen explicando por qué todo esto era necesario. Siguen pronunciando palabras enormes como estrategia, seguridad, orden o libertad. Pero ninguna de esas palabras sirve para devolver a Yasmina. Ni para levantar del suelo a Ursiya. La verdad, Bahar, es mucho más sencilla y mucho más terrible: en todas las guerras del mundo, los que pagan siempre son los mismos. Los débiles. Los que no deciden nada. Los que sólo querían vivir. Las muchachas de dieciocho años. Las niñas de doce. Las madres que se quedan solas. Y los otros, los que mandan, seguirán escondidos en las cloacas de sus conciencias, lejos del ruido de las bombas y del olor de la sangre.

Es lo que hay. Pero hoy quería que alguien, al menos una vez, pronunciara en voz alta los nombres de tus hijas. Ursiya. Yasmina. El lirio blanco y el jazmín. Las dos flores de una primavera que el mundo dejó morir.

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