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Sobre nuestro día y otras cosas

Pues sí. La semana pasada se celebró el llamado “Día del Padre”. A uno, la verdad, estas cosas le suenan un poco a escaparate comercial, pero tampoco vamos a ponernos estupendos: siempre agrada, cómo no, que antes incluso del café tus hijas ya se hayan acordado y te feliciten. Ese gesto, limpio y sin etiquetas, compensa lo demás.

Ser padre es una de esas cosas que no vienen con manual de instrucciones, pero sí con consecuencias. Para bien y para mal. Uno aprende sobre la marcha, improvisando como puede, con más errores que aciertos, pero con la sensación de estar participando en algo importante, aunque al principio no sepas muy bien en qué consiste. Como esos marineros de novela antigua que se embarcaban sin cartas náuticas y aun así llegaban a puerto.

El problema es que cada vez hay menos marineros dispuestos a zarpar. Los datos, fríos e implacables, nos dicen que en España nacen menos niños cada año. Y en Asturias, salvo honrosas excepciones, ni os cuento: tenemos la tasa de natalidad más baja del país. No es una exageración: aquí hay más de dos perros por cada menor de quince años. Da para metáfora… y para pensárselo dos veces.

Y ojo, que uno no tiene nada contra los animales, pero no nos engañemos: no es lo mismo. Un perro no te da problemas existenciales ni te discute nada, pero tampoco te mira como si fueras alguien digno de imitar ni te llama “papá” con esa mezcla de admiración y confianza que te deja sin defensas.

Y en esas estamos cuando uno se encuentra hace unos días con que los gatos irán a la escuela en Grado. Así, tal cual. Un proyecto de acogida felina y convivencia inclusiva. Cágate, lorito. Los gatos, a la escuela. Uno ya no sabe si reír, llorar o matricularse también, por si reparten títulos. No dudo de las buenas intenciones, pero hay algo muy revelador en todo esto: mientras faltan niños en las aulas, llenamos titulares con gatos escolarizados. Como si hubiésemos decidido, sin decirlo en voz alta, cambiar el guion de la especie.

Y no, no es solo cuestión de ganas. También está el dinero. Porque a ver quién es el guapo que, con dos sueldos que apenas alcanzan para un alquiler medio decente, se lanza a tener hijos. Entre contratos precarios, precios disparados y una incertidumbre que ya no es coyuntural sino estructural, lo raro no es que nazcan pocos niños: lo raro sería lo contrario.

 Pero, aun así, conviene decirlo: ser padre sigue siendo otra cosa. Es levantarse de madrugada con sueño y con miedo. Es equivocarse a menudo y acertar de vez en cuando. Es descubrir que alguien depende de ti y, al mismo tiempo, aprender a dejarle ir poco a poco. Es, en definitiva, una mezcla rara de orgullo, responsabilidad y vértigo.

 Por eso, y a pesar de todo -de las cifras, de los gatos escolarizados, de las viviendas imposibles y de este mundo que parece diseñado para que nadie complique su vida-, quizá convenga brindar por los padres. Por los que lo son de cada uno, los tengamos aún cerca o ya no; y también, por qué no, por los que ejercen como tales aunque en casa solo haya un gato que los mire con superioridad. Al fin y al cabo, cada uno se apaña como puede.

Es lo que hay. Y felicidades, claro, a los que saben lo que es ser padres.

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