Opinión | Es lo que hay
La sonrisa del barquillero
Dedicado a los señores de la guerra
El otro día iba camino del trabajo escuchando la radio. Como no podía ser de otra manera, el monotema de las guerras y sus consecuencias. La apagué. Lo siento, pero así no se puede empezar el día. Además, durante la noche había escrito el artículo de esta semana sobre esos salvajes insensatos -los señores de la guerra- que, de forma cíclica, se empeñan en amargar la existencia de la humanidad.
Y no sé por qué extraña conexión de ideas me vino a la cabeza una escena que viví hace más de cuarenta años. Os cuento: Oviedo. Fiestas de San Mateo. Parque de San Francisco. Un banco cualquiera y tiempo de sobra, que entonces abundaba más. Y allí cerca, aquel crío, con su chaqueta blanca de barquillero y a su lado un bombo rojo casi más grande que él. Qué tiempos aquellos de los barquilleros en los parques. La cosa es que el chaval no paraba quieto: adelante, atrás, adelante, atrás. Algo no encajaba en aquel vaivén nervioso.
Tardé poco en entenderlo. El rapacín libraba una batalla urgente contra la naturaleza. De las que no admiten prórroga. Rodillas juntas, saltitos, ese gesto universal de intentar contener lo inevitable. Seguramente le habían dicho que no se moviera del puesto. Y allí estaba el pobre, firme, es un decir, resistiendo lo irresoluble.Hasta que no pudo más. Salió disparado hacia un árbol cercano y el parque, por un instante, pareció guardar silencio. Volvió poco después, despacio, con el mundo otra vez en su sitio. Y en la cara llevaba algo que no era exactamente una sonrisa: era paz. Alivio puro. Una reconciliación inmediata con la existencia. La felicidad sin literaturas.
Y entonces lo entendí. Qué distinto sería todo si la humanidad pudiera librarse de los señores de la guerra con la misma determinación con que aquel chaval se libró de lo que lo torturaba. Qué paz nos quedaría en la cara. Qué alivio. Qué reconciliación con el mundo.
Tenía pensado dedicarles este artículo a ellos, a los señores de la guerra. Pero al final he decidido regalarles otra cosa: una estupenda y merecida meada, como aquella del Parque San Francisco.
Siento decirlo así, pero es lo que hay; y lo mínimo que se merecen. Sí.
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