Saltar al contenido principalSaltar al pie de página

Secciones

Opinión | Es lo que hay

El rayo de luz

Una experiencia en la Sagrada Familia

La historia de hoy quizá sea muy personal. Pero quiero contarla. Me pasó el domingo pasado en esa maravilla que es el templo de la Sagrada Familia, en Barcelona. Ya había tenido antes alguna otra ocasión de visitarla, pero siempre me quedaba la misma sensación: no la había vivido del todo. Demasiada gente, demasiada prisa, demasiados móviles. Y uno, que también es turista cuando puede, salía de allí con la impresión de haber visto algo grande… pero sin haberlo tocado.

Tenía ganas de verla en silencio. En ese silencio que no es ausencia de ruido, sino otra cosa. Y el domingo apareció la ocasión: misa de Resurrección, temprano, con el templo todavía casi en calma, dedicado solo al culto. La cosa es que, sentado ya en uno de los bancos de la nave central, cerré un momento los ojos. Quizá por la hora, quizá por recogimiento. No lo sé. Los cerré sin más. Y al abrirlos, lo vi.

Un rayo de luz.

Nada más. Y nada menos.

Los que han estado dentro saben de lo que hablo. En esa obra Gaudí se salió del mapa. No levantó un edificio. Levantó algo distinto. Una manera nueva de mirar hacia arriba. Porque las torres, terminada la última hace poco, están muy bien: son lo que sale en las fotos, lo que impresiona desde fuera. Pero lo esencial ocurre dentro. Siempre dentro.

Sí, ocurre cuando alzas la cabeza y entiendes que aquello no son columnas. Son árboles. Un bosque quieto que, sin embargo, crece. No hay techo, hay copas. No hay piedra, hay vida, hay impulso. Y luego está la luz. Esa luz que no entra: se cuela. Que no alumbra: transforma. Que cambia sin avisar, como cambian las cosas importantes.

Y aquel rayo estaba ahí, delante de mí. Sin pedir permiso. Sin hacer ruido. Sin un color concreto y, al mismo tiempo, sin que le faltara ninguno. Lo ocupaba todo sin ocupar nada. Y me dejó clavado. Pensé en guardar el instante, en hacer esa fotografía que no necesita móvil. Cerré los ojos un segundo, quizá dos. Y al abrirlos, el rayo ya no era el mismo. Había cambiado. Era otro. Igual de hermoso, pero distinto. Como si alguien, o algo, se encargara de recordarte que nada se repite. Que no hay forma de retener el tiempo.

Y entonces lo entendí, o creí entenderlo. Que en ese juego de luces cada uno encuentra lo suyo. Sin instrucciones. Sin carteles. Sin necesidad de explicaciones. Si crees, aquello tiene un nombre. Si no crees, también. Da igual. Porque, de una forma u otra, te coloca. Te baja el volumen. Te ordena por dentro sin que te des cuenta. No hace falta decir mucho más.

Salí cuando la ciudad empezaba a desperezarse. Volví a cruzarme con turistas, con prisas, con idiomas mezclados. Todo en su sitio. Todo como siempre. Pero con una certeza pequeña, casi discreta: que hay momentos que no se pueden explicar sin estropearlos; que hay cosas que pasan y ya está.

Y que, a veces, un poco de silencio y un simple rayo de luz bastan.

Sí, es lo que hay.

Tracking Pixel Contents