Opinión | Es lo que hay
El viejo librero
Sobre una conversación sin prisas
Hay momentos que, mientras ocurren, parecen poca cosa. Apenas una pausa, un alto en el camino, una anécdota menor. Después, cuando ya han pasado, es cuando te das cuenta de que han quedado escritos para siempre en tu libro. Os cuento.
La semana pasada tuve la ocasión de volver a callejear por Barcelona, una ciudad hecha para eso. Fue en una de esas calles estrechas del Born, ya rozando el barrio gótico, donde me topé con un escaparate que parecía fuera de lugar: libros viejos, luz tenue, una quietud extraña en medio del flujo constante de gente. Una librería.
Entré. Cuando uno entra en un lugar así, entra, sí, pero también se aparta. Del ruido, de la velocidad, de esa obligación contemporánea de no detenerse nunca. Dentro, todo era antiguo sin necesidad de aparentarlo: los muebles, los libros, el aire mismo. Me detuve ante un libro de Josep Pla. Pla siempre me ha producido una sensación ambigua: una prosa seca, entre irónica y hostil, pero atravesada por una lucidez que termina por imponerse.
-Bon día, dijo una voz. No lo había visto. El hombre salió de la trastienda sin prisa. Delgado, ropa gastada, mirada por encima de las gafas, una mirada atenta, tranquila, de quien escucha antes de hablar. Y hablamos. De Pla. De libros. De esa literatura que no busca gustar sino decir. Y de pronto, sin ceremonias, me ofreció un vaso de vino. Como si nos conociéramos de antes. O como si eso, en realidad, no importara.
Acepté. Y allí, en una mesa pequeña, con dos vasos que habían visto mejores tiempos y un tinto que tampoco necesitaba presumir, el viejo librero empezó a contar. Que su familia era de Palafrugell, que Pla había sido amigo de su padre, que en el bar de sus abuelos se había cocinado, y luego escrito, parte de “Lo que hemos comido”, ese libro que ahora algunos leemos con cierto aire de descubrimiento tardío.
Hablaba despacio, como quien no necesita convencer a nadie. Entre sorbo y sorbo fue desgranando su vida: el traslado a Barcelona, la librería heredada, los ochenta años recién cumplidos, la mujer que ya no estaba, el hijo bien colocado que ya no volvía. Y esa certeza de que cuando él echara el cierre, aquello dejaría de ser lo que era para convertirse en otro lugar sin alma: una tienda moderna, un escaparate limpio, sin historia. Como si nunca hubiera pasado nada allí.
Me fue señalando mentalmente la calle: donde ahora venden fundas de móvil hubo una cuchillería; donde despachan turrones de diseño, una zapatería de las de antes, con hormas y paciencia. Y así, uno a uno, fue pasando lista de los caídos en ese combate del tiempo.
-El día que yo cierre, dijo, ya sé lo que me quedará a mí y a mis libros.
Y no hacía falta que añadiera nada más. Apuramos el segundo vaso. Me levanté. No compré nada. No por desdén, sino por respeto: hay cosas que no se pagan, se agradecen. Le prometí volver algún día, a compartir otro par de vinos, y él respondió con un sencillo “l’esperaré, amic”, que sonaba más a verdad que a cortesía.
Al salir, la calle era un río de gente. Una chica, desde la tienda de turrones, me ofreció una muestra con una sonrisa profesional. Le devolví la sonrisa y decliné la oferta.
Y mientras me alejaba pensé que lo que había ocurrido en aquella librería no tenía ninguna importancia. Y sin embargo, o precisamente por eso, sospeché que no iba a olvidarlo. Quizá porque hay cosas que no sirven para nada. Y son exactamente esas las que terminan importando.
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