Opinión | Es lo que hay
La foto
Sobre una imagen de la inmigración
Iba a escribir de otra cosa, pero me crucé con una foto de esas a las que toca mirar de frente.
La fotografía se titula “Separados por el ICE”. La firma Carol Guzy y acaba de llevarse el World Press Photo 2026. En ella, dos niñas se aferran a su padre como quien se agarra a la última tabla en medio del naufragio. El padre está siendo detenido por agentes del ICE tras una vista de inmigración en Nueva York. Las niñas lloran. No con ese llanto limpio de los niños que se pasa en cinco minutos, sino con ese otro, antiguo, casi animal, que parece saber más de la vida que muchos adultos.
La foto es dura, sí. Pero también está llena de algo que incomoda más: vida. Hay amor en esos brazos que aprietan, hay rabia en esos ojos que no entienden, hay desesperación en ese gesto universal que no necesita traducción. No hace falta saber de leyes ni de fronteras para comprender lo esencial: están separando a un padre de sus hijas.
Hace años vi en directo algo parecido en Barajas. Y aquello no era una foto, sino la cruda normalidad de una terminal de un aeropuerto cualquiera. Una mujer latina se despedía de su hijo, un crío de siete u ocho años. El niño se aferraba a ella con una fuerza que no correspondía a su tamaño. No lloraba a gritos; lloraba hacia dentro, que es peor. Sabía, porque los niños saben estas cosas sin que nadie se las explique, que aquel abrazo tenía fecha de caducidad larga. Demasiado larga.
Sí, las leyes existen, los países necesitan orden, y la inmigración, mal gestionada, puede convertirse en un problema serio. No hace falta ser un iluminado para entenderlo. Pero hay algo tan elemental como que hay que regular, acoger con cabeza e integrar con responsabilidad. No es cuestión de abrir las puertas de par en par ni de cerrarlas a cal y canto. Es, como casi todo lo importante, cuestión de equilibrio.
Pero dicho eso, y aquí es donde uno se pone, si hace falta, un poco antiguo, hay líneas que no deberían cruzarse. Separar a un padre de sus hijas o a una madre de su hijo, no debería ser nunca el trámite administrativo de una mañana cualquiera. Porque cuando eso ocurre, no es solo un sistema lo que falla.
Quizá por eso esa fotografía duele tanto. Porque no habla de política, aunque la roce. No habla de economía, aunque la rodee. Habla de algo mucho más incómodo: de nosotros. De lo que permitimos, de lo que justificamos, de lo que aceptamos como normal hasta que alguien nos lo planta delante de las narices y nos obliga a mirar.
Uno puede discutir cifras, cuotas, permisos y fronteras hasta quedarse sin voz. Pero hay imágenes que no admiten debate. Una foto que no debería existir. Y, sin embargo, existe.
Es lo que hay. Y, a veces, es demasiado.
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