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Opinión | Es lo que hay

Tomás el ingenuo

Breve biografía de un amigo

Me lo encontré la otra tarde, mientras paseaba por Oviedo. Al momento caí en la cuenta de que era él, aunque hacía tiempo que no le veía. Sí, era Tomás. Y también me acordé de su apodo, cómo no: el ingenuo. Así le llamábamos desde bien niños: Tomás el ingenuo. Nos saludamos y me invitó a tomar un vino. Yo pagué el segundo.

Y allí, acodados en la barra de aquel viejo bar, empecé a recordarle cosas de entonces. Le hablé de cuando éramos críos y todos aprendíamos pronto a esconder la carta mala y enseñar la buena, mientras él iba con todo por delante, sin trampa ni cartón. Si perdía, perdía. Si ganaba, tampoco hacía ruido. Y si alguien le engañaba en un cambio de cromos o en cualquier trato de patio, no se enfadaba. "Bueno", decía. Y se encogía de hombros con una sonrisa que desarmaba más que cualquier protesta.

En clase era de los pocos que levantaban la mano para decir "no lo sé", mientras los demás improvisábamos respuestas a medio camino entre la audacia y el disparate. Nunca quiso ser el más listo ni el más espabilado. Nunca aprendió el guiño cómplice al profesor ni el codazo oportuno al compañero. No jugaba a eso.

De adolescente, cuando la vida empieza a parecerse a una selva, Tomás siguió igual. No entendía las dobles intenciones, o fingía no entenderlas, que viene a ser lo mismo. Si le gustaba alguien, lo decía. Si algo no le cuadraba, también. Mientras los demás empezábamos a dominar el idioma de las medias verdades, él hablaba sin traducción. "Eres muy ingenuo, Tomás", le repetían. Y él asentía, como quien acepta algo sin discutirlo.

Pasaron los años, y ya en esa edad en la que uno empieza a administrar sus propias trampas y sus pequeñas victorias, Tomás seguía sin entrar en ciertos juegos. No sabía, o no quería, moverse en determinados ambientes. Nunca cultivó relaciones de esas de "por si acaso". Nunca llamó a la puerta adecuada en el momento oportuno. No frecuentaba corrillos donde se reparten elogios como tarjetas. No dominaba el arte de estar sin estar. Ni de decir sin decir. No competía. No pedía favores.

Y, sin embargo, le fue bien. Sin alardes, pero bien. Se hizo con su sitio, con su tranquilidad, con una manera de estar en el mundo sin deber demasiadas explicaciones. Mientras otros corrían para no quedarse atrás, él caminaba por un sendero lateral, más silencioso. Más suyo.

Y entonces empecé a sospechar que lo de Tomás no era ingenuidad. O no del todo. Porque hay una ingenuidad que no es ignorancia, sino elección. La de quien ve el tablero y decide no jugar ciertas partidas. Una forma de inteligencia, quizá. Una manera de simplificar la vida renunciando a lo que la complica.

Y allí mismo, con el desparpajo que te conceden los años y un par de vinos, se lo pregunté:

–Tomás, ¿eras tan ingenuo como parecías… o simplemente te lo hiciste?

No contestó. Sonrió, apuramos el vino y nos despedimos. Y mientras volvía a casa, pensé en él. En Tomás el ingenuo. El que nunca presumió de listo. El que nunca jugó a ser imprescindible. El que nunca necesitó disfrazarse de nada.

Y, sin embargo, el que, sin hacer ruido, entendió antes que muchos de qué va todo esto. Es lo que hay.

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