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La pegatina

Reflexiones durante un trayecto en coche

La otra mañana iba al trabajo, en coche. Un trayecto de diez minutos escasos. Eso sí, con una peculiaridad importante: no puedes adelantar prácticamente en ningún tramo. O sea, que como te toque delante uno de esos conductores contemplativos, de los que convierten la carretera en un paseo espiritual, ya puedes encomendarte a todos los santos del tráfico.

Los que alguna vez hacen conmigo ese trayecto saben que tengo un lema muy claro: “La carretera es de todos”. Y no, no lo digo en plan campaña institucional de la DGT. Lo digo porque si el límite marca ochenta, tampoco hace falta ir a cuarenta porque hayas decidido reconciliarte con el paisaje asturiano. Que sí, que es precioso, pero algunos vamos a trabajar y no a grabar un documental sobre el musgo autóctono.

Total, que el otro día, nada más salir, me toca delante uno de esos. Un especialista en desesperación ajena. Aquel coche avanzaba a una velocidad tan reducida que por momentos pensé que nos iba a adelantar un señor paseando al perro. Y claro, empecé con el ritual que hacemos casi todos aunque luego lo neguemos: acercarme un poco más de la cuenta, separarme, volver a acercarme… Esa danza absurda con la que creemos que el coche de delante captará telepáticamente nuestro mensaje de “vamos, campeón, a ver si llegamos para mañana”.

Hasta que en uno de esos acercamientos veo una pegatina en la parte trasera del coche: conductor con discapacidad. Y ahí, de golpe, me cambió el gesto. “Para, Ricardo. Tranquilo.” De repente entendí que aquel coche no iba despacio para fastidiarme la mañana. Que detrás de un volante hay vidas que no conocemos, batallas que no vemos y circunstancias que no vienen explicadas… Salvo a veces, en forma de pegatina.

 Y seguí conduciendo, ya más tranquilo, pensando en una cosa: qué curioso que necesitemos ver la etiqueta de alguien para activar la paciencia. Porque si no hubiera visto aquella pegatina, probablemente habría seguido refunfuñando todo el trayecto, echando pestes y creyéndome injustamente perjudicado por el conductor más lento del Principado. Pero bastó una pequeña señal para que automáticamente cambiara mi manera de mirar.

Y entonces pensé: ¿y si todos lleváramos pegatinas para ir por la vida? Una, por ejemplo, que dijera: “He dormido tres horas”. Otra: “Estoy pasando un mal momento”. “Tengo ansiedad.” “Acabo de perder a alguien.” “Voy preocupado por un hijo.” “Hoy no puedo más.” A lo mejor así tendríamos más paciencia en la cola del supermercado, menos mala leche en el coche y menos facilidad para juzgar a la primera. Porque la mayoría vamos por la vida sin etiqueta visible, pero todos llevamos algo detrás que los demás no ven.

Yo mismo, como todos, necesitaría unas cuantas de esas pegatinas. Una que avisara de que hay días en los que tengo la paciencia más agotada que la del entrenador del Madrid. Otra, por ejemplo, que dijera: “Ey, campeón, si no te saludé no es porque sea un borde, es que iba a lo mío y no me di cuenta.” Y alguna más que será mejor no detallar para no perder posibles lectores.

Al final, uno llega a la conclusión de que quizá la clave no sea esperar a ver las pegatinas de los demás, sino conducir por la vida como si todos las llevaran. Porque seguramente las llevan. Las llevamos. Aunque no se vean. Sí, es lo que hay.

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