Saltar al contenido principalSaltar al pie de página

Secciones

Opinión | Es lo que hay

Nunca te rindas

Breve historia de Emilio el ebanista

El otro día coincidí con Emilio. Una de esas personas que uno conoce desde hace años, de vista, de cruzarte por la calle o compartir algún saludo rápido, pero con las que nunca te paras a hablar de verdad. Y aquel día surgió la conversación: primero el tiempo, después otro lugar común, y cuando te das cuenta acabas entrando en terrenos ya más cercanos.

Sí, hablamos de lo difícil que resulta hoy encontrar buenos profesionales. Da igual el oficio. Parece que todo empuja a lo rápido, a lo práctico, a cumplir y marchar. Cada vez queda menos gente dispuesta a echarle alma a lo que hace. Y fue entonces cuando Emilio me habló de él mismo.

Me contó que siempre quiso ser ebanista. No un carpintero de cadena ni montador de muebles repetidos mil veces. Él soñaba con otra cosa: con hacer piezas únicas, muebles con personalidad, de esos que parecen guardar dentro la vida de quien los construye. Incluso tenía bocetos. Diseños propios. Ideas dibujadas en papeles que guardaba como el que guarda una ilusión secreta.

Pero luego llega la vida, que casi nunca pregunta demasiado. Y Emilio acabó en una carpintería industrial. Trabajo seguro, sueldo fijo, final de mes garantizado. La rutina venciendo poco a poco a los sueños, como suele pasar. Aquellos bocetos quedaron olvidados en un pequeño taller del sótano de su casa, que con los años terminó convertido en almacén de trastos viejos.

Y así llegó la jubilación. De repente, ya no había horarios ni máquinas ni cadena industrial. Solo días pasando unos detrás de otros. Emilio me confesó que quizá lo peor no fue dejar de trabajar, sino olvidar del todo quién quiso ser.

Hasta que apareció un nieto. Cinco años tendría el rapaz. Poco más. Se le había roto un juguete de madera al que tenía mucho cariño y fue a casa del abuelo a ver si podía arreglárselo. Emilio lo llevó de la mano hasta el viejo taller del sótano. Quitó polvo a las herramientas y encendió una luz que llevaba demasiado tiempo apagada.

Y mientras reparaba aquel juguete, notó algo extraño. Sus manos recordaban. La madera seguía hablándole igual que cuarenta años atrás. Y delante de aquel nieto, que lo miraba como si estuviese viendo magia, Emilio se sintió el ebanista que nunca había llegado a ser. El juguete quedó mejor que nuevo. Pero lo importante no fue eso.

Lo importante fue que al día siguiente, todavía de madrugada, Emilio volvió a bajar al taller. Buscó uno de aquellos viejos bocetos olvidados y empezó a trabajar sobre él. Así nació su primer mueble. El primero de verdad. Uno hecho a su manera. “Con espíritu”, dijo él. Después vino otro. Y otro más. Un vecino vio aquel primer trabajo y quiso uno parecido. Luego alguien habló de Emilio a otra persona. Y ya sabéis cómo funcionan estas cosas cuando detrás hay verdad: la voz acaba corriendo sola.

Hoy Emilio, con algo más de setenta años, dice que no da abasto. Tiene encargos esperando turno en el taller que durante años creyó muerto. Pero también dice algo mucho más importante: que nunca se había sentido tan feliz. Y quizá ahí esté la lección de todo esto. Que uno nunca sabe cuándo puede llegar su momento. Que hay sueños que parecen dormidos, pero no muertos. Que la vida, mientras dura, siempre deja una rendija abierta para volver a empezar. Aunque sea tarde. Aunque uno crea que ya pasó el tren.

Por eso nunca hay que rendirse del todo. Nunca. Ni apagar la luz de ese pequeño taller donde guardamos lo que de verdad quisimos ser.

Tracking Pixel Contents