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Dignidad

Sobre el veinticinco aniversario de la Fundación Solidaridad con Benín

 Vivimos tiempos raros. Tiempos en los que parece que el mundo entero se empeña en demostrar que la condición humana no tiene arreglo. Por eso, de vez en cuando, conviene detenerse. Y recordar que todavía existe gente buena. Mucha. Aunque haga menos ruido.

La semana pasada se celebró en el Club La Nueva España el veinticinco aniversario de la Fundación Solidaridad con Benín. Veinticinco años. Se dice pronto. Un cuarto de siglo tendiendo un puente entre Asturias y uno de los países más pobres del mundo. Y además desde aquí, desde Noreña, desde una ONG pequeña que jamás ha necesitado grandes focos para hacer cosas enormes.

Hay algo que impresiona especialmente de esta Fundación: no habla de cifras; habla de personas. Porque detrás de cada ayuda hay un nombre, una cara y una historia concreta. No son estadísticas para adornar memorias anuales. Son seres humanos. Ahí está Sabi, aquel bebé que nació con malnutrición aguda y cuya vida pudo cambiar gracias al centro de nutrición infantil de Foburé. O Zenabú, con apenas ocho años y caminando kilómetros diarios para conseguir agua, algo que aquí obtenemos simplemente abriendo un grifo. O Ño Mousa, que logró una beca para estudiar y romper ese destino que parecía ya escrito antes incluso de empezar a vivir.

Y entonces uno entiende que no estamos hablando de caridad. La palabra correcta es dignidad.

Dignidad es construir centros de salud donde antes no había nada. Formar matronas para que dar a luz deje de ser una ruleta rusa. Abrir escuelas rurales donde estudiar era un privilegio imposible. Levantar residencias universitarias para chicas que, de otro modo, jamás habrían llegado a una facultad. Instalar pozos de agua potable que ahorran enfermedades, pero también horas de camino a mujeres y niñas cuya vida transcurría cargando cubos y garrafas.

Y sobrevolándolo todo una idea muy clara: educar a una niña es construir el futuro de toda una comunidad. Y eso la Fundación Solidaridad con Benín lo supo desde el principio. Por eso gran parte de su trabajo está centrado en las mujeres. En su formación. En su autonomía económica. En que puedan decidir sobre su futuro. Porque cuando una mujer estudia, trabaja y gana independencia, cambia ella, cambia su familia y cambia la sociedad entera. Y uno no puede evitar pensar que quizá el verdadero milagro no sea llegar a la universidad, sino que alguien, a cuatro mil kilómetros de distancia, decidiera preocuparse por ellas.

También emociona saber cómo funciona esta Fundación. Sin estructuras gigantescas. Sin costes administrativos. Sin profesionales viviendo del proyecto. Todo se sostiene sobre voluntariado. Sobre personas que regalan tiempo, trabajo y compromiso. Sobre socios que aportan pequeñas cantidades. Sobre empresas, ayuntamientos y la Agencia Asturiana de Cooperación que decidieron implicarse en la aventura.

 Y entonces cobra sentido ese proverbio africano que presidió la celebración: “El río se llena con arroyos pequeños”.

Exactamente eso. Porque quizá cambiar el mundo sea demasiado ambicioso. Pero cambiarle el mundo a alguien… eso sí puede estar al alcance de cualquiera. Y ellos llevan veinticinco años haciéndolo. Enhorabuena pues, y a por otros veinticinco.

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