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Opinión | Es lo que hay

La camisa blanca y el carbón

Breve historia de un resentimiento

 Hace unos días coincidí, y ahora mismo ya no recuerdo ni dónde fue, con una de esas personas que tienen la rara habilidad de estropearte la mañana en menos de cinco minutos. No hizo falta una gran discusión ni un asunto de importancia nacional. Bastaron unos comentarios, una actitud y esa desagradable sensación de estar delante de alguien que parece empeñado en sacar lo peor de los demás. Me marché de allí echando pestes. Literalmente.

Durante un buen rato fui repasando mentalmente la conversación, rebatiendo argumentos que ya no podían ser rebatidos porque el encuentro había terminado, y pronunciando en silencio discursos brillantes que, como suele ocurrir, se me ocurrieron demasiado tarde. Cuanto más pensaba en aquella persona, más enfadado estaba.

Y entonces me acordé de una historia que escuché ya hace mucho tiempo.

Cuentan que un niño llegó a casa muy enfadado con otro chaval. Venía indignado por algo que le había hecho. Su padre, en lugar de soltarle un sermón, cogió un saco de carbón que tenía guardado, llevó al niño al jardín, colgó una camisa blanca y le dijo:

 - Imagina que esa camisa es el niño que te ha ofendido. Intenta mancharla lanzándole trozos de carbón.

El muchacho se puso manos a la obra. Durante un buen rato estuvo arrojando pedazos de carbón contra la camisa. Algunos daban en el blanco, otros no. Cuando el padre regresó, le preguntó si había conseguido mancharla.

  - Sí, un poco -, contestó el niño. Y era verdad. La camisa tenía algunas manchas negras.

Entonces el padre lo llevó a casa y lo puso delante de un espejo.

  - Ahora mírate tú.

El niño se quedó sorprendido. Tenía las manos negras, la cara negra, la ropa negra. Había logrado ensuciar un poco la camisa, sí, pero él había acabado infinitamente más manchado que aquello que intentaba ensuciar.

La enseñanza es sencilla y, precisamente por eso, poderosa. Cada vez que dedicamos nuestro tiempo, nuestra energía y nuestros pensamientos a lanzar carbón contra alguien, bastante de ese carbón se queda inevitablemente en nosotros. La otra persona quizá reciba alguna mancha. O quizá ni siquiera se entere. Pero quien acaba cubierto de hollín es quien pasa horas alimentando el enfado, el resentimiento o el deseo de ajustar cuentas.

 No significa eso que haya que ser ingenuos. Hay personas difíciles, maleducadas, arrogantes, manipuladoras y hasta profesionales del incordio. Tampoco se trata de convertirnos en santos de estampita y peana. Lo que sí conviene recordar es que dejar que ocupen permanentemente nuestros pensamientos les concede un espacio que no merecen.

Recordar la historia de la camisa blanca y el carbón me ayudó a cambiar de tema. Poco a poco conseguí olvidar aquel asunto y seguir con mi día. Al fin y al cabo, la vida ya trae suficientes preocupaciones de serie como para ir añadiéndole algunas de fabricación propia.

Eso sí, cuando llegué a casa no pude evitar detenerme un momento delante del espejo. Quería comprobar cuánto carbón llevaba encima. Es lo que hay.

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