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Opinión

La escalera de Jacob

Sobre el viaje de Leon XIV a España

Dice el Libro del Génesis que Jacob se detuvo para pasar la noche porque ya estaba anocheciendo. Y se acostó a dormir en aquel lugar. Y soñó que había una escalinata apoyada sobre la tierra cuyo extremo superior alcanzaba el cielo. Y desde entonces los hombres no dejaron de buscar aquella escalera.

Y pasaron los siglos. Y vino a España un obispo de Roma, Papa de la Iglesia, de nombre León y de número XIV, porque vio que era bueno oír y escuchar y que de la misma manera le oyéramos y le escucháramos a él. Y mientras fueron sus días aquí, aquella escalera de Jacob estuvo muchas veces delante de nuestros ojos.

Y vimos la escalera en las palabras de muchos jóvenes empeñados en creer que un mundo mejor todavía es posible. Y la vimos en quienes han aprendido que la victoria no siempre consiste en ganar, que mejor cosa es saber levantarse. Y la vimos en muchas miradas marcadas por la enfermedad, la discapacidad, la soledad o las heridas de la vida, y que a pesar de su dolor y sus cicatrices siguen intentando subir peldaño a peldaño.

Y hablaron los jóvenes. Y hablaron los enfermos. Y hablaron también dos deportistas, una campeona olímpica y otra paralímpica, que en muy poco del tiempo dieron una gran lección de vida y recordaron que una medalla puede colgarse de un cuello pero que la dignidad humana se lleva mucho más adentro.

Y continuó León su viaje. Y fueron tres sus días en España cuando fueron cumplidos más de cien años desde que se colocó la primera piedra de un templo en el que un arquitecto, bien llamado de Dios, tomó piedra, arena, hierro y luz, y levantó un bosque de columnas, y abrió ventanas para que entrara el sol en toda su humilde inmensidad, y supo unir en un solo lugar cielo y tierra, pasado y futuro, tiempo y eternidad. Y León contempló aquella obra y vio que era buena y también la llamó escalera de Jacob. Y quienes alguna vez han entrado en aquel templo de nombre Sagrada Familia comprendieron bien lo que quería decir. Porque hay experiencias que no pueden explicarse del todo. Porque, aunque lo intentes, nunca llegas.

Y continuó León su viaje. Y en el cuarto día de su tiempo la escalera descendió de nuevo hasta la tierra. Y llegó a Canarias. Y allí no había torres. Y no había vitrales. Y no había columnas que parecieran árboles. Y había mar. Y había viento. Y silencio. Y había hombres y mujeres que un día dejaron atrás cuanto tenían porque creyeron que al otro lado del horizonte les esperaba una vida mejor. Y había nombres que nadie ya recuerda. Y había un océano convertido demasiadas veces en tumba. Y allí León escuchó. Y allí habló también de dignidad humana. Y allí dejó unas flores sobre el agua en memoria de los que nunca alcanzaron la esperanza.

Y comprendimos entonces que Jacob había soñado sólo una parte de la historia. Porque la verdadera escalera no es la que une la tierra con el cielo; es la que une a unos seres humanos con otros. La que aparece cuando reconocemos la dignidad de quien sufre. La que nos permite ver un semejante antes que una frontera.

Y fueron cumplidos los días de León, obispo de Roma, en España. Y la escalera que él nos enseñó permaneció delante de nosotros. Y algunos la vieron en las torres de Barcelona. Y otros en las palabras de los jóvenes. Y otros en quienes siguen levantándose después de cada caída. Y otros en las aguas de Canarias. Pero todos supimos que seguía allí. Porque la escalera de Jacob nunca fue un camino para subir al cielo. Fue una manera de bajar a la tierra.

 Es lo que hay.

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