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Opinión | Es lo que hay

La tirita

Relato de humor sobre lo acontecido con una caja de apósitos

Dedicado a Sara

  Hay inventos que llegan a nuestras vidas para mejorarlas. Otros parecen todo lo contrario. Me pasó esta semana con una tirita. Una simple tirita. Pero no con una de las de toda la vida, no. Aquellas, las de siempre, eran un prodigio de sencillez. Tenían una parte blanca que se quitaba y una parte marrón que se pegaba a la piel. Así de fácil.

Pero las tiritas modernas han decidido evolucionar. Ahora son transparentes. Llevan una especie de alerones azules, pestañas, solapas o piezas auxiliares de navegación, todavía no tengo claro qué exactamente, todas ellas numeradas como si estuvieras montando un mueble sueco.

Hace unos días estrené unos playeros para caminar y, como suele ocurrir cuando uno estrena playeros para caminar, acabé caminando poco y produciendo una rozadura considerable en un talón. Coincidió que mi hija iba a bajar a comprar. Me preguntó que si quería algo y le contesté que sí, que una caja de tiritas. Cuando regresó y me enseñó la caja, ya me pareció un poco sospechosa. Tenía demasiados dibujos explicativos. Cuando algo necesita seis ilustraciones para explicar cómo funciona, es porque no funciona de manera sencilla. Pensé: «Bueno, por dentro serán normales».

Pero no. Abrí la caja y me encontré con aquello: una especie de dispositivo adhesivo transparente acompañado de varias pestañas azules numeradas. El conjunto parecía diseñado por alguien que consideró que las tiritas tradicionales eran excesivamente fáciles de usar.

Cogí la primera. La observé. La giré. La volví a girar. Intenté averiguar dónde empezaba y dónde terminaba. Finalmente tomé una decisión. Error: la tirita no llegó ni remotamente al talón. Acabó convertida en un gurruño pegajoso adherido entre dos dedos de mi mano derecha. Bueno, no pasa nada, pensé. Para eso vienen varias.

Cogí la segunda. Esta vez fui con más cuidado. Resultado: acabó todavía más engurruñada que la primera y pegada simultáneamente a tres dedos. Empecé a sospechar que el problema no era la tirita. Pero tampoco podía descartarse.

A la tercera decidí aplicar el método científico. Observé atentamente las instrucciones. Seguí el orden exacto de los números. Uno. Dos. Tres. Perfecto. La tirita terminó pegada en el sillón. Ni en el talón. Ni en la mano. En el sillón. Aquello empezaba a adquirir tintes de Cuarto Milenio.

 A partir de ahí, la situación degeneró rápidamente. Una apareció pegada al pantalón. Otra permaneció suspendida entre mis dedos como una telaraña. Y una especialmente rebelde consiguió adherirse a sí misma formando una especie de escultura abstracta difícil de calificar. Cuando quise darme cuenta, la caja estaba vacía. Completamente vacía. Y mi talón seguía exactamente igual que al principio. Ahí te das cuenta de que hay una edad en la que uno ya no lucha por ponerse una tirita. Lucha por defender su dignidad.

Recogí aquel desastre como pude. Reuní los restos en una mano y me dispuse a tirarlos discretamente. La intención era borrar todas las pruebas. Evitar el ridículo. Hacer como si nada hubiera ocurrido. Pero el destino, que tiene un sentido del humor poco aconsejable, decidió intervenir. Justo cuando me levantaba apareció mi hija: “Pásame las tiritas; necesito una.” Ya no tenía escapatoria. Abrí la mano. Le enseñé aquel puñado de restos espanzurrados, adhesivos deformados, pestañas azules numeradas y fragmentos irreconocibles de lo que un rato antes había sido una caja completa de tiritas.

No dije nada. Ella tampoco. Miró los restos. Me miró a mí. Volvió a mirar los restos. Y finalmente levantó los ojos hacia el cielo mientras negaba lentamente con la cabeza. Ni una palabra. No le hizo falta.

Durante unos días no volví a mencionar que seguía necesitando tiritas. Al fin y al cabo, uno puede soportar una rozadura en el talón. Lo que resulta mucho más difícil es recuperarse de una derrota tan contundente frente a una caja de tiritas.

  Sí, es lo que hay.

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