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Cuando la vida se sienta a tu lado

Reflexiones durante un paseo

La semana pasada fuimos a visitar a una de nuestras hijas. Vive en el sur, muy cerca de un pueblo en el que durante muchos veranos pasábamos unos días con nuestras tres hijas, cuando aún eran pequeñas.

 Una tarde decidí acercarme hasta el paseo marítimo. Seguía siendo el mismo. El mar respiraba con la misma calma, las palmeras apenas habían cambiado y el paseo continuaba lleno de familias. La única diferencia era que ahora los padres que corrían detrás de los niños eran otros.

Durante unos segundos casi pude verme allí otra vez: corriendo detrás de pequeñas bicicletas, persiguiendo cubos de playa, recogiendo helados que acababan inevitablemente boca abajo sobre la acera. Entonces uno llegaba al apartamento agotado y pensaba, sin saberlo, que aquellos veranos durarían siempre. Pero la vida tiene la costumbre de seguir caminando aunque uno no se dé cuenta.

Encontré un banco a la sombra y me senté. No porque estuviera cansado, a ciertas edades uno aún no admite esas cosas, sino porque me apetecía quedarme un rato viendo pasar la tarde.

Y fue entonces cuando comprendí algo que hasta ese momento no había comprendido: que, sin darme cuenta, había cambiado de sitio.

Sí, antes era yo el que corría. El que apenas encontraba un minuto para sentarse. Ahora era el que contemplaba a otros hacer exactamente lo mismo. Y deseé, en silencio, que disfrutaran de aquellas carreras sin pensar demasiado en el tiempo. Porque todavía no saben - ¿quién lo sabe mientras lo está viviendo? -, que un día echarán de menos ese cansancio y hasta los helados estampados contra el suelo. Nosotros tampoco lo sabíamos.

Y, contra lo que hubiera podido pensar, no sentí tristeza. Tampoco alegría. Sentí algo mucho más difícil de explicar: serenidad. Porque llega una edad en la que el espejo empieza a tratarte con una sinceridad casi ofensiva, el cabello organiza discretamente su retirada, las rodillas emiten pequeños comunicados de protesta, pero el calendario, ese que te quita tantas cosas, te regala otra muy valiosa: perspectiva.

Es entonces cuando descubres que ya no necesitas ganar todas las discusiones. Que hay batallas cuyo premio pesa más de lo que vale. Que dormir una noche entera sin levantarte dos veces para ir al baño empieza a parecer un lujo inesperado. Que un análisis médico con todos los números en su sitio produce una alegría desproporcionada. Que el amor, con los años, cambia de idioma y deja de hablar con fuegos artificiales para expresarse con un sencillo “¿Cómo estás?”. Y descubres que, sorprendentemente, eso casi basta para iluminar un día entero.

Mientras observaba a aquellos padres correr detrás de sus hijos comprendí que la vida casi nunca avisa cuando cambia de estación. Se mezcla con la rutina, se disfraza de cosas corrientes y, cuando queremos darnos cuenta, ya nos ha cambiado de sitio.

 Me levanté del banco con la sensación de haber ido a buscar un recuerdo y haber encontrado una respuesta. Sí, comprendí que esto de ir haciéndose veterano en la vida no consiste únicamente en perder fuerza o ganar arrugas. Consiste, sobre todo, en aceptar con serenidad el lugar que cada etapa nos reserva. En cambiar la velocidad por la mirada. En descubrir que ya no hace falta correr para seguir caminando.

 Y quizá ahí esté el secreto. O quizá no. Quizá me equivoque y el secreto sea otro. Pero, sentado en aquel banco, pensé que la vida nunca nos pide que permanezcamos donde un día fuimos felices. Nos pide algo mucho más difícil y, al mismo tiempo, mucho más hermoso: que aprendamos a ser felices en el lugar al que ella, sin pedirnos permiso, ha decidido llevarnos.

 Porque quizá la felicidad nunca fue un lugar al que llegar. Quizá era esto. Descubrir, una tarde cualquiera, en un banco cualquiera de un pueblo cualquiera, que la vida ha venido, por fin, a sentarse un rato a tu lado.

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