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Opinión

Sobre un matrimonio poco convencional

Hace unos días un amigo me envió una noticia que circuló bastante por las redes sociales. En Corea del Sur las autoridades ofrecían una generosa ayuda económica a los jóvenes que decidieran casarse. Pensaban que, si conseguían aumentar el número de matrimonios, acabarían aumentando también los nacimientos. Ni por esas. Al parecer, el dinero no siempre basta para convencer a dos personas de que pasen por el altar.

Y mientras leía aquella noticia me acordé de otra boda, en la que al parecer el dinero sí tuvo bastante que ver. Ocurrió en Italia, hará ya casi cincuenta años. No sé bien por qué se me quedó en la memoria, pero allá va.

El novio se llamaba Lorenzo. Pasaba de los ochenta y vivía donde acaban viviendo demasiados ancianos cuando dejan de ser necesarios: en una residencia. Aparcado por la familia, olvidado por casi todos y condenado a conversar con el reloj de la pared, que a menudo es el compañero más puntual de esos lugares.

Pero el bueno de Lorenzo aún conservaba dos galones bien puestos.

Un día llegó a sus oídos que una agencia matrimonial buscaba un italiano dispuesto a casarse con una joven actriz yugoslava que necesitaba la nacionalidad para abrirse camino en el cine. Y Lorenzo envió una fotografía. Contra todo pronóstico, fue el elegido.

La boda se celebró discretamente. Ella consiguió la nacionalidad que necesitaba para impulsar su carrera. Lorenzo estrenó un traje que probablemente hacía décadas que no vestía y recibió, además, un sobre que explicaba bastante mejor que Cupido las razones de aquel matrimonio.

Terminada la ceremonia, cada uno siguió su camino. La actriz, hacia los estudios de cine. Lorenzo, de regreso a la residencia. La vida volvió a parecerse demasiado a la del día anterior. Hasta que apareció la prensa.

Algún periodista avispado descubrió la historia y comprendió enseguida que aquello valía una portada. Al día siguiente media Italia desayunaba contemplando la fotografía del flamante esposo. Cuando le preguntaron si esperaba algo de aquel matrimonio, Lorenzo respondió:

- Nunca me hice demasiadas ilusiones.

Hay personas que claramente saben envejecer sin perder el sentido del humor.

Pero la verdadera comedia todavía estaba por empezar. Los hijos, que llevaban años sin preocuparse demasiado por aquel padre aparcado en el asilo, descubrieron de pronto que el apellido familiar ocupaba titulares. Al parecer, la soledad de su padre nunca les había quitado el sueño, pero verlo fotografiado en la prensa, sí. Sentían herido su orgullo y manchado el apellido. Debió de ser la primera vez en mucho tiempo que todos coincidían en preocuparse por su padre. Lástima que fuera por salir en los periódicos.

Dicen que alguno de los nietos también fue a verlo. Hacía tiempo que no aparecía por allí, pero con todo aquel revuelo decidió acercarse. Se sentó a su lado, se rieron los dos de aquel lío monumental y quizá entendió que los abuelos no se convierten en simples muebles viejos cuando cumplen cierta edad, que siguen guardando historias que merece la pena escuchar.

Me gusta imaginar que, cuando todo terminó, Lorenzo volvió despacio a su habitación. Colgó el traje en el armario y lo contempló unos segundos.

 - Bueno... - pensó-. Al menos todo esto ha servido para que mis hijos y mis nietos se acuerden un poco de mí.

 Cerró despacio la puerta del armario. Apagó la luz. Y añadió en un susurro:

 - Es lo que hay.

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