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Los ojos de Elena

Nunca imaginé que una profesora pudiera poner en un aprieto a un padre con una pregunta tan inocente. Aquella tarde la pequeña de la familia llegó del colegio, dejó la mochila en el suelo y lanzó una de esas frases que los niños dicen sin sospechar lo que pueden provocar.

 -Papá, hoy la profesora nos preguntó de qué color tienen los ojos nuestras madres... Y yo no lo supe.

 Andrés sonrió.

-Pues vaya pregunta.

Pensó que aquello era una ocurrencia de colegio. Pero, mientras pronunciaba aquellas tres palabras, algo se detuvo dentro de él. ¿De qué color eran los ojos de Elena? Le pareció ridículo no saber responder.

Castaños, seguramente. ¿O eran color miel? Quizá avellana. ¿O tenían ese tono indefinido que cambia con la luz?

 Buscó una salida digna.

 -Ya se lo preguntaremos luego a mamá.

La niña quedó satisfecha. Él no.

Durante el resto de la tarde la pregunta fue creciendo en silencio. Se sorprendió ampliando fotografías en el móvil. En unas, Elena llevaba gafas de sol. En otras, miraba hacia otro lado. En las demás estaba demasiado lejos para distinguir el color de sus ojos.

Recordó el día en que la conoció. Entonces no habría necesitado pensarlo. Lo sabía como se saben las cosas importantes. Habría podido describir el brillo de aquellos ojos cuando se reía. Entonces bastaba con mirarla solo unos segundos. Más de una vez le dijo que eran muy guapos. Y, sin embargo, ahora ya no recordaba de qué color eran.

Qué extraña habilidad tenemos los seres humanos para acostumbrarnos a lo bueno.

Recordamos contraseñas, códigos, fechas, horarios... Y dejamos de mirar aquello que más queremos. Debe de ser que la costumbre tiene un defecto del que casi nadie habla: no nos quita las cosas; simplemente las vuelve invisibles.

Esa noche Elena llegó a casa. Dejó las llaves sobre la mesa y preguntó qué tal había ido el día.

Andrés ni siquiera escuchó la pregunta. Se acercó despacio y la miró a los ojos. Ella levantó la cabeza, extrañada.

- ¿Qué pasa?

Él sonrió.

-Nada... Es que hoy me di cuenta de que hacía años que veía tus ojos pero no los miraba.

La pregunta importante no es de qué color son los ojos de Elena. La pregunta es cuándo fue la última vez que cada uno de nosotros levantamos la vista, dejamos a un lado las prisas y miramos de verdad a la persona que tenemos delante.

Porque es muy probable que sus ojos no hayan cambiado. Quizá la que ha cambiado sea nuestra mirada.

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