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Sobre la crisis migratoria de Ceuta

Hay conflictos que empiezan por la política y acaban en los periódicos. Pero siempre terminan igual: con un niño llamando a su madre.

La semana pasada, mientras las imágenes de Ceuta ocupaban los informativos, todos hablábamos de lo mismo. De fronteras. De responsabilidades. De si hubo previsión o no la hubo. De si lo ocurrido fue una consecuencia del efecto llamada. De Europa, que unas veces reparte lecciones y otras mira hacia otro lado. De quién hizo lo que debía y de quién dejó de hacerlo.

Todo eso importa. Claro que importa.

Pero, de repente, apareció un niño. Fue en una entrevista, no recuerdo en qué canal, el día siguiente de la entrada masiva de inmigrantes en Ceuta. Tendría diez o once años, no más. Da igual. Como también da igual si alguien le prometió un futuro mejor o si simplemente la necesidad hizo creer a su familia que al otro lado de la frontera había una oportunidad. Todo eso da igual.

Lo que no debería darnos igual es que aquel crío estaba solo. Lloraba. Y, entre sollozos, repetía una frase que seguramente era la única verdad que le quedaba en aquel momento:

- Yo solo quiero volver a mi casa. Solo quiero volver con mis padres.

Y, de repente, todo lo demás perdió volumen. Las cifras dejaron de ser cifras. Las estadísticas dejaron de ser estadísticas. Las fronteras dejaron de ser líneas dibujadas en un mapa. Solo quedó un niño.

Uno más, dirán algunos. Precisamente por eso.

Porque cuando un drama acaba convertido en una sucesión de números corremos el riesgo de olvidar que detrás de cada uno hay un nombre, un miedo y una madre que quizá tampoco ha dormido desde aquel día.

Ahora vendrán los informes. Se cruzarán acusaciones. Habrá quien culpe a unos gobiernos y quien responsabilice a otros. Se hablará de protocolos, de barreras, de estrategias y de políticas migratorias. Cada cual encontrará argumentos para sostener su posición. Y probablemente algunos de esos argumentos sean ciertos.

Pero hay una verdad que no necesita interpretación: aquel niño estaba solo. Y eso debería incomodarnos a todos. A quienes creen que cualquier puerta debe abrirse sin medir las consecuencias. A quienes piensan que basta con levantar otra valla. Y también a quienes preferimos cambiar de canal y mirar hacia otro lado porque el problema, todavía, nos queda lejos.

Quizá el verdadero fracaso de una sociedad no sea equivocarse al gestionar una frontera. Quizá sea acostumbrarse a que un niño tenga que cruzarla solo. No sé cuál es la solución. Ojalá la supiéramos. Hay problemas tan complejos que desconfío de quien asegura tener respuestas sencillas.

Lo único que sé es que cuando termina la discusión, cuando se apagan las cámaras, cuando desaparecen los titulares y cada cual vuelve a su trinchera, queda alguien que no entiende de geopolítica, ni de leyes, ni de estrategias. Un niño. Un niño muerto de miedo. Un niño que no pedía papeles. Ni dinero. Ni siquiera un futuro mejor. Solo quería volver a casa.

Porque hay conflictos que empiezan por la política y acaban en los periódicos. Pero siempre terminan igual: con un niño llamando a su madre.

Y aquel niño solo quería volver a casa con sus padres. Solo eso. Solo.

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