07 de junio de 2009
07.06.2009

Memorias de Antonio Fernandez-Rañada Menéndez de Luarca

«De joven tenía la idea decimonónica de que todo estaba determinado por las leyes de la Naturaleza»

07.06.2009 | 19:42
El físico Antonio Fernández-Rañada, en su domicilio de Madrid.

Antonio Fernández-Rañada Menéndez de Luarca se licenció en Física en la Universidad Complutense, y se doctoró en la Universidad de París, en 1965, con una tesis sobre partículas elementales titulada «Causalidad y Matriz S». Con una segunda tesis obtuvo también el doctorado en la Complutense, en 1967, esta vez sobre «Propiedades analíticas en la difusión pión-nucleón».
Trabajó también a la antigua Junta de Energía Nuclear, actualmente Centro de Investigaciones Energéticas y Medioambientales, CIEMAT. Fue profesor agregado de Mecánica Cuántica en la Universidad de Barcelona, y de Física Teórica de la Complutense; después, catedrático de Física Matemática en la de Zaragoza y catedrático de Mecánica Teórica y de Física Teórica de la Complutense, donde ocupa actualmente la cátedra de Electromagnetismo.
Su investigación se ha centrado en la física de partículas elementales, dinámica no lineal y varios temas de física matemática. Actualmente se dedica a la relación entre topología y cuantización en Electromagnetismo y algunas cuestiones de cosmología. También ha dedicado atención a la relación de la ciencia con los otros sistemas sociales. Fue director del Grupo Interuniversitario de Física Teórica (GIFT) y fundador y director durante diez años de «Revista Española de Física».
Es premio de Investigación en Física de la Real Academia de Ciencias (1997), así como Medalla de la Real Sociedad Española de Física (1985). Ha recibido el premio internacional de ensayo «Jovellanos» (1995) y la Medalla de Plata del Principado de Asturias (1999). Fue presidente del Consejo de las Artes y las Ciencias del Principado de Asturias. En la actualidad, preside la Real Sociedad Española de Física y es miembro del Consejo de la European Physical Society. También forma parte del jurado del premio «Príncipe de Asturias» de Investigación Científica y Técnica.

J. MORÁN
El físico Antonio Fernández-Rañada Menéndez de Luarca (Oviedo, 1939) descubrió su vocación científica cuando, hacia 1956, el ahora conocido filósofo y escritor José Antonio Marina le pasó un libro sobre Física Cuántica y le persuadió de que la probabilidad, y no el determinismo, era más propia de las leyes de la naturaleza. Fernández-Rañada descubrió entonces que aquello era lo suyo y dejó la carrera de Ingeniería para pasar a la de Ciencias Físicas. Hoy es catedrático de Electromagnetismo en la Facultad de Física de la Universidad Complutense -de la que fue decano entre 1978 y 1986-, después de haber sido titular de las cátedras de Mecánica Teórica y Física Teórica. De joven se formó en Francia, en el Laboratorio de Física Teórica de Partículas Elementales de la Sorbona, y en la Junta de Energía Nuclear (actual CIEMAT) de Madrid. Un centenar de trabajos especializados de difusión internacional jalonan la vida de este científico, cuyas «Memorias» para LA NUEVA ESPAÑA se inician en esta primera entrega, que continuará mañana, lunes, y el martes.
l Un padre enamorado del Derecho. «Mi padre, Antonio, provenía de Cantabria, de Liérganes, donde hay varios caseríos y uno de ellos se llama la Rañada. El abuelo de mi padre se había establecido en Entrambasaguas, donde fue médico rural. Por parte de mi madre, María Josefa, la familia proviene de Luarca, y antes de Tineo. Mi abuelo materno era abogado del Estado en Oviedo y la familia vivía entre Luarca y la capital. Mi padre vino a estudiar a Oviedo la carrera de Derecho. Se hizo abogado y después juez. Tuvo varios destinos por España, en Tarragona, en Guadix y en la misma Cantabria. Y volvió de nuevo a Oviedo, a una plaza en la Audiencia Territorial. Conoció a mi madre, María Josefa, y se casaron. Después de la guerra, cuando el ambiente en la magistratura era difícil, con la represión y muchos encarcelados, él, que era un hombre enamorado del Derecho y más bien intelectual, decidió pedir la excedencia y continuó trabajando en su bufete».
l Conocimiento de los derechos humanos. «Ya cuando yo era pequeño mi padre me hablaba del Derecho, y me explicaba que servía para defender los derechos de las personas. A los 9 o 10 años yo había oído ya hablar de los derechos humanos, algo que no estaba bien visto por el régimen. Él le concedía a eso mucho valor y me hablaba de la reunión en San Francisco, donde se había elaborado la Declaración Universal de los Derechos Humanos, en 1948. «Este régimen, mientras no defienda y respete los derechos humanos, es un régimen injusto», me decía, y no lo hacía desde una postura de izquierdas, sino más bien centro-conservadora, pero con un inmenso respeto por el Derecho».
l Filtros de amor en el Fontán. «Recuerdo que mi padre nos compraba muchos libros y nos incitó a la lectura. Incluso conseguí libros bajo cuerda que aquí no se podían adquirir, de Madariaga, por ejemplo, que estaba en el exilio. Las paredes de casa estaban llenas de libros de leyes, y de mucha historia y literatura. El ambiente familiar nos incitaba a leer y a discutir, y como yo era el mayor mi padre tuvo quizá mayor atención conmigo. Fuimos cinco hermanos: Carmen y Josi, que son mellizas y estudiaron Administración y Secretariado; Ramón, urbanista, y Manuel, profesor en la Universidad de Zaragoza, también de Física. Creo además que fui a un colegio, el Santo Domingo, de los Dominicos, que tenía los defectos propios de la educación de aquella época, pero con un nivel intelectual fuerte y donde se nos estimulaba en la libertad personal y en el pensamiento. Tuve un profesor de Literatura que nos transmitió el amor a las letras y recuerdo sus clases como algo estimulante. Era Esteban Inciarte, dominico, que después dejó la orden, en México, y se dedicó a cuestiones de derechos humanos. La educación en ese sentido fue buena y me gustaba por un lado la Literatura, y por otro las Matemáticas. De la ciudad de Oviedo tengo recuerdos importantes, muchos asociados con el Fontán. Salíamos del colegio a la una de la tarde y un grupo de compañeros subíamos por la calle Marqués de Gaztañaga y parábamos en el Fontán, donde todavía existían contadores de historias, con su puntero y unos cartones con dibujos. Y en los puestos vendían filtros de amor, que se anunciaban diciendo "por si la persona querida no le hace caso". La verdad es que se veían a más mujeres que hombres comprándolos».
l Ingeniería con poca Física. «Ingreso en la Universidad en 1956, en Madrid. Para mí lo más cómodo hubiera sido estudiar Derecho; mi padre me hubiese ayudado y existía un ambiente familiar propicio para ello. Pero yo tenía mucha facilidad para las matemáticas. Era la época de lo que se llamaba el "ingeniero azul", y los ingenieros se colocaban enseguida y con buenos sueldos. Entonces se asociaban Matemáticas e Ingeniería, aunque nadie te aconsejaba estudiar directamente matemáticas. En Oviedo no había Escuela de Ingeniería y mi padre me envió a Madrid, y empecé a preparar los estudios. No empecé con mal pie, ya que había que pasar un examen bastante fuerte y pude superarlo para entrar en Ingeniería de Caminos, que entonces dependía del Ministerio de obras Públicas. Tenía un tío que era ingeniero de Caminos y me animó a ello, pero curiosamente lo que más me inclinó a esa carrera es que era la que tenía menos Física en el primer año».
l Un mundo probabilista. «Pero sucedió algo curioso. En el colegio mayor donde yo me alojaba me encontré un día con unos estudiantes que estaban discutiendo de Física. Pese a lo poco que yo sabía de ello, tenía una idea muy decimonónica de la Física, y que consistía en suponer que a causa de las leyes de la Física todo estaba ya determinado. "Pero fíjate que no", me dijeron aquello compañeros, "porque hay un cosa nueva que se llama Teoría Cuántica y resulta que es probabilista". "Eso es imposible", respondí. Uno de aquellos estudiantes, que es hoy un persona muy conocida y que escribe mucho, el filósofo José Antonio Marina, me dijo entonces: "No, no te creas; tengo un libro sobre esto y verás". Y en efecto, tenía un libro de uno de los creadores de esa teoría, De Broglie, un francés que postulaba la dualidad onda corpúsculo. Eso indicaba hasta qué punto estaba atrasada la Universidad española, porque esto sucedía en el año 1957 y aquello era conocido desde los años veinte. "Me ha dejado impresionado", le dije a Marina después de leer su libro. "Pues te lo regalo". Todavía lo conservo».
l Un tipo raro que quiere investigar. «Leí después otro libro de Heisenberg, y otro de Schrödinger, que hablaban también sobre si había determinismo en la Física. "Esto me gusta", pensé, "quiero dedicarme a esto". Eran ensayos sin demasiados tecnicismos y sus autores se enfrentaban al juego entre el azar y la necesidad, entre si las cosas están todas determinadas o si existe la posibilidad de que salga algo no obligatorio. Vi que Heisenberg mostraba un entusiasmo enorme sobre lo maravilloso que era pensar en las leyes de la naturaleza, un juego divertidísimo e interesante. Dejé la Ingeniería y me pase a la Física. Vi facilitada la cosa porque en ese momento se promulgó una ley según la cual para entrar en Ingeniería, o Medicina, o Farmacia, o en cualquier carrera de Ciencias había que realizar un curso selectivo, común a todas. Me metí en Físicas y me alegro de haberlo hecho. En ese momento todo el mundo decía "qué tío más raro", o "eso de Físicas será Educación Física, profesor de gimnasia". O "voy a hacer investigación": "Ah, claro, detective privado". En Ingeniería había hecho lo habitual en una carrera que todavía no era universitaria en aquel momento: un preparación en academias privadas para presentarse a un examen y entrar en la escuela. Era una preparación de dos años, como mínimo, y yo había aprobado un primer examen. Esto sucedía en el primer trimestre del año y decidí seguir hasta junio, cuando me examiné y saqué unas notas medianas. De Física no había estudiado nada, salvo la parte de los dos primeros meses, en la academia. Me presenté al examen con un catedrático que era muy exigente. Estudié la materia en las dos últimas noches, menos lo que había aprendido en la academia. "Aquí me suspenden", supuse. El catedrático nos puso un examen muy largo, de treinta y tantas preguntas, de Física clásica, Electromagnetismo, Termodinámica y nociones de Física Atómica y Nuclear. Lo hice a toda velocidad. El caso es que me dio matrícula, que yo no esperaba, ni mucho menos, pero lo interpreté como que aquello era una señal de que era lo mío, que confirma todo lo que había pensado anteriormente».
l Libros que no iban a examen. «Luego, en toda la carrera, no tuve ninguna asignatura de Física Cuántica, salvo un poquito en otras asignaturas, por ejemplo, en Química, con el profesor Morcillo, que acababa de llegar ese año. Pedí permiso al decano para hacer esa asignatura, aunque estaba fuera de la carrera de Físicas. Durante los estudios hice algo que no recomiendo a los alumnos actuales. Tenía un amigo, Mario Soler que había estado varios años en Berkeley y tenía mucho mejor conocimiento del que había aquí de la Física moderna de aquel momento. Tenía una buena biblioteca y me prestaba libros que yo leía aunque no iban a examen, pero aquella era la ciencia más viva en ese momento. Con Mario Soler, que ya se murió, desgraciadamente, publiqué más tarde algunos artículos conjuntamente porque trabajamos juntos en la antigua Junta de Energía Nuclear».
l Entender los fundamentos. «Obtuve un notable alto de promedio en la carrera. Justo cuando estaba acabando, el decano de la facultad, Armando Durán, que después fue director del Instituto de Estudios Nucleares, me llamó y me indicó que había unas becas para ir a Francia. Me fui a París y allí estuve cuatro años. Entonces buscaba entender los fundamentos de la Física, las cuestiones básicas. Hay dos tipos de personas en Física: los hombres de laboratorio y de búsqueda de aplicaciones, y los que trabajan sobre fundamentos. Yo quería entender la Mecánica Cuántica, que entonces me costaba mucho por su nivel de abstracción muy alto. Y pensaba que el camino era el estudio de las partículas elementales. Cuando me dieron la beca, pedí estudiar eso y acudí al Instituto Teórico de Física de Partículas Elementales, de la Sorbona, donde hice el doctorado».
l Frente a la visión provinciana. «Allí tuve por segunda vez la experiencia del contacto con muchas personas diversas, de diferentes procedencias, algo magnífico. Hay que entender cómo estaba España entonces. La primera experiencia de ese tipo la tuve en el Colegio Mayor Aquinas, de los Dominicos, en Madrid, donde había gente de toda España y de todas las carreras. Y en Francia viví en la ciudad universitaria internacional, al sur de París, donde había unas treinta residencias de estudiantes, cinco o seis francesas y el resto de diferentes países. Estuve temporadas en la casa de Suiza, en la de Bélgica y en la de Italia. Los comedores eran comunes, de modo que comías con japoneses, colombianos, australianos, árabes? Todos los sábados, en cada uno de los colegios organizaban una fiesta; eran muy baratas y ahí de nuevo tomabas contacto con gente muy diversa. Fue enormemente interesante y enriquecedor. La visión que tenía en la España de Franco era muy limitada, a no ser que viajases, por razones familiares o trabajo. Tenías una visión muy provinciana y una vida pobre desde el punto de vista intelectual».
l Empresa o investigación. «Al terminar los estudios y la tesis doctoral me planteé cómo continuar. Sobre la dificultad de la investigación en España era plenamente consciente. Y sobre entrar en una empresa, lo mismo, porque aún en el presente sucede que en países como Francia, Alemania, EE UU o Japón la Física tiene muchas salidas empresariales, hasta el punto de que el 75 por ciento de los doctorados en Física trabajan en empresas, mientras que aquí, en España, hoy no llega ni al diez por ciento. Claro que en esos países tienen unos niveles de innovación mucho más activos. Hubo un momento en el que estuve hablando con una empresa de ordenadores, porque sabía hacer programas, y tuve la tentación con la oportunidad de pasarme a eso, que evidentemente tenía un futuro más seguro e iba a ganar más. Pero finalmente me encontré con que tenía el gusanillo de hacer investigación».
l El esfuerzo de la docencia. «En cuanto a la docencia, siempre me ha gustado, y además hay algo importante en ello. Si yo dedico un esfuerzo a un tema de investigación durante seis meses, por ejemplo, y llego a un resultado y lo envío para su publicación en una buena revista, después siempre me digo que el mundo puede seguir sin este trabajo. Está ahí publicado y vale. Ahora, cuando dedicas un esfuerzo a preparar una clase y ayudar a los estudiantes a que entiendan un tema, sobre eso nunca tuve la menor duda de que es algo que merece la pena, porque sobre eso si que sé que hay un resultado concreto. A veces incluso te encuentras después, al cabo del tiempo, con estudiantes que ya no recuerdas pero ellos te hablan de algo que tú explicaste o de comentarios que habías hecho en clase 25 años antes. Eso siempre me ha interesado, pero le he dedicado más importancia a realizar investigación sobre cuestiones muy básicas».
l Una tesis hecha en Francia que no vale en España. «Después de estudiar en Francia, tuve la oportunidad de quedarme el CNRS, el Centro Nacional de Investigación Científica de Francia, equivalente al Consejo Superior de Investigaciones Científicas de España, pero pensé que mejor iba a intentar venir a España y colaborar un poco con el desarrollo de la ciencia en el país, que era algo que me hacía ilusión. Entré en la antigua Junta de Energía Nuclear, pero no para dedicarme a la energía nuclear, pese a que la Junta tenía un reactor, no de potencia, sino de experimentación, y había equipos de personas que conocían muy bien los reactores y contaban con planes para hacer uno más grande. Pero la Junta también tenía un grupo de Física de partículas elementales que estaba en conexión con el CERN, la Organización Europea para la Investigación Nuclear. Me dijeron que me contrataban para participar en un curso dirigido a becarios, y que sería uno de los profesores del curso y podría iniciar trabajos en esa materia. Así lo hice y empecé a trabajar sobre lo que había estudiado en la tesis doctoral de Francia, sobre las partículas pión y nucleón. Curiosamente, una tesis española era reconocida en Francia, pero una francesa no lo era en España. Así que tenía que hacer otra y en lugar de traducir la francesa seguí explorando en la línea del trabajo anterior. Hice algunas publicaciones distintas y presenté la segunda tesis.

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