22 de enero de 2010
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Carmen Lomana, veraneos orientales

«Mis recuerdos de infancia y de adolescencia están ligados a Asturias, mis primeros amores los viví en Celorio», afirma la reina del glamour

17.01.2010 | 01:00
La entrada a la casa de verano de su familia en Llanes.

Cualquier reportaje televisivo que se precie y que haga mención a la moda, al glamour o al lujo cuenta con ella. Cualquier reportero que quiera obtener alguna frase contundente en una fiesta la busca y frente al micrófono ella se crece. Carmen Lomana se ha convertido en un personaje conocido por todo el público, en icono de una forma de vivir. Lo que no muchos saben son sus fuertes vínculos con el Principado y su pasión por el concejo de Llanes.

«Mis recuerdos de infancia y adolescencia están ligados a Asturias, mis primeros amores los viví en Celorio. También están allí mis primeros recuerdos de independencia y libertad. Había un ambientazo tremendo en aquella época». Así resume la empresaria su relación con el oriente asturiano, en una conversación con LA NUEVA ESPAÑA. Carmen Lomana se entusiasma al hacer memoria: «Celorio lo llevo en mi corazón».

Lomana se casó en Llanes un 13 de diciembre, día de Santa Lucía. «Vinimos de Londres y hacía un frío tremendo. La Sierra del Cuera estaba entera nevada. Creo que fue el día más romántico de mi vida, con aquella nieve, la iglesia tan mágica... Fue un día muy entrañable, con las personas que tenían que estar de familia y amigos», comenta emocionada al recordar a su marido, el chileno Guillermo Capdevila, ya fallecido.

Los veranos familiares de la década de los sesenta empezaban «con las fiestas de San Pedro y nos quedábamos hasta que había que volver al colegio. Llegábamos cargados de baúles con todo tipo de ropa, desde bañadores hasta chubasqueros», explica. La joven ya daba entonces los primeros síntomas de una gran capacidad para las relaciones sociales y se juntaba «con una buena "pandi", mitad españoles mitad alemanes, porque venían siempre los alumnos del Colegio Alemán de Madrid». Juntos recorrían el concejo de fiesta en fiesta: «No nos perdíamos una. Íbamos a Poo, a Porrúa, a Llanes, a Barro, a Nueva, a Vidiago... Era un poco complicado lo de moverse de un pueblo a otro y yo era la reina del autostop. Los chicos venían a sacarte a bailar. Todo era muy sencillo y muy divertido».

Aquélla también fue la época de los guateques y en Celorio siempre se organizaba alguno. Era el momento para escapar de las miradas de los adultos y bailar «agarrao» con los primeros amores «pegando el cachete». «Pasábamos mucho tiempo en La Pista, una fonda que había en un caserón de indianos con unos dormitorios antiguos espectaculares. Estaba junto a la estación y cuando llegaba el tren dejábamos de bailar y salíamos todos a verlo», comenta entre risas al rememorar aquel ritmo de vida en el que la normalidad ferroviaria era un acontecimiento.

Si había algo fascinante de verdad en los veranos asturianos de Carmen Lomana era la gente tan diferente que se reunía en Celorio y las tertulias intelectuales que se formaban. Allí conoció a la familia de los marqueses de Gastañaga, al pintor Eduardo Úrculo -«que nos ha dejado un vacío terrible»-, al profesor Uría, experto en Derecho Mercantil, a Perico Romero de Solís, sobrino de la duquesa de Osuna, y al profesor García San Miguel, sociólogo que veraneaba en Vidiago.

De aquel ambiente dejó constancia Graciano García en su etapa como periodista de este periódico. En un artículo publicado el 21 de julio de 1965, titulado «Celorio: crónica al borde del agua», habla de la llegada de los «melenudos» alemanes y compara la zona oriental del Principado con la Costa del Sol o Mallorca. Dos fotografías ilustran aquel reportaje y en ambas se puede ver a una jovencísima Carmen Lomana junto a Úrculo. Claro que, entonces, a la reina del glamour se le conocía de otra manera y Graciano García apunta como «a Mary Carmen le echan piropos hasta las olas de la mar Cantábrica».

«Llegaba la gente más "cool" de toda España y yo me podía sentar durante horas a escucharlos», destaca Lomana. Aunque la gente del pueblo también dejó su huella y recuerda con especial cariño a Tina la de la tienda, «que lo mismo te vendía un par de madreñas que un orinal», al cartero o al padre Quinito, que era el cura de Celorio. Y no puede haber veraneo llanisco completo sin los indianos que venían de América a pasar las vacaciones. «Traían coches maravillosos que no se veían en España, como los Ford Cobra. Las mujeres mexicanas andaban con mantilla y siempre con joyas de oro. Lo recuerdo todo como una ensoñación», explica.

Hace dos veranos que no se pasa por Celorio, pero reconoce que tiene ganas de volver y que este año intentará juntar a toda la «pandi» para hacer un guateque como los de aquella época, con la misma música y la ropa «muy sixties, porque los viejos rockeros nunca mueren», y es que para Carmen Lomana el mejor secreto para el paso de los años está en la mente: «Hay que mantener las inquietudes y la ilusión. Tengo los años suficientes para estar muy joven aún», sentencia.

Sobre el revuelo mediático que se levanta allí por donde pasa lo tiene claro: «Todo esto ha venido sin buscarlo». Reconoce que la televisión es un medio que le encanta, «sobre todo en directo, porque lo que digas ahí se queda», y las cámaras en lugar de cohibirla hacen que se crezca. «Es todo un regalo y una nueva etapa que no me esperaba», concluye.

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