15 de agosto de 2010
15.08.2010

El verano asturiano del pintor Juan Antonio Benlliure y Gil

Invitado por el pintor Tomás García Sampedro, el valenciano, miembro de una familia
de artistas cotizados, pasó en 1894 una temporada estival en Muros de Nalón

15.08.2010 | 14:14

En el verano de 1894, la hospitalidad del pintor Tomás García Sampedro (Somao, 1860-Muros de Nalón, 1937) y de su hermana Demetria acogió en su casa de Muros de Nalón al artista valenciano Juan Antonio Benlliure y Gil (Pueblo Nuevo del Mar, Valencia, 1860-Madrid, 1930), perteneciente a una de las sagas de artistas de más prestigio entre la segunda mitad del siglo XIX y la primera del XX.


Y, al igual que el maestro de García Sampedro, el gran pintor Casto Plasencia (Cañizar, Guadalajara, 1846-Madrid, 1890), inspirador de «la colonia artística de Muros», de 1884 a 1890, el artista levantino vivió jornadas de descanso y arte en la bellísima casa construida por el marido de Demetria García Sampedro, Gumersindo Rodríguez Núñez, fallecido años antes, un empresario con negocios en Cuba, donde fue capitán del Ejército, y que desempeñó la Alcaldía de Muros en 1877. La casa es un edificio con trazas de la arquitectura de indianos que, con su planta cuadrangular impecablemente pintada de blanco, yergue su silueta en el barrio murense de La Pumariega. En aquel cuarto año de la década de los noventa, Juan Antonio Benlliure y Tomás García Sampedro tenían 34 años y gozaban ya de un pleno reconocimiento como artistas.


Desde hacía varios años, García Sampedro mantenía una estrecha relación de amistad con los hermanos Benlliure, a los que frecuentaba tanto en sus estancias en Roma como en Madrid. Pero, sin duda, fue más intensa con Juan Antonio, por ser ambos de la misma edad, y con Mariano, con el que intercambió una interesante correspondencia que la ilustrada y culta sobrina nieta del pintor murense Victoria Costales Rodríguez, de nuevo en La Pumariega, ha conservado celosamente.


Juan Antonio Benlliure y Gil era el tercero de los cuatro hermanos artistas Benlliure, más joven que Blas (Cañamelar, Valencia, 1852-Valencia, 1926) y que José (Valencia, 1855-1937) y dos años mayor que Mariano (Valencia, 1862-Madrid, 1947). Blas fue pintor decorador, como su padre, y notable especialista en bodegones y flores; José, un excelente cantor de las costumbres levantinas; y Mariano, acuarelista y uno de los grandes escultores españoles de todos los tiempos, al que se deben algunos de los principales monumentos escultóricos de Madrid y de otras ciudades españolas; entre ellos, «La asturiana», erigida en bronce en Villaviciosa en memoria del empresario Obdulio Fernández Pando, presidente desde 1900 hasta su fallecimiento en 1927 de la fábrica de sidra Valle, Vallina y Fernández.


Junto a sus hermanos, se crio en un ambiente artístico creado por su padre, Juan Antonio Benlliure Tomás, hijo de un pescador del Grao que deseaba que él siguiera su tradición, que «el xic sea un home del mar, com so pare». Viendo pintar motivos decorativos en la casa en la que vivían alquilados a un profesor de la Academia de San Carlos, el padre de los Benlliure se sintió atrapado por el arte, estudió pintura y logró sacar adelante a su familia con sus pinceles y las clases que impartía en una academia que pudo abrir en su casa.


La vocación artística les llegó a sus hijos de modo similar. Vicente Vidal Corella, uno de los estudiosos de esta dinastía de artistas, relata que los pequeños Benlliure, al presenciar aquellas sesiones de pintura en la academia paterna, comenzaron a sentir vehementes deseos de copiar las muestras artísticas. Y lo hacían rivalizando entre ellos con tal fervor que no bastaban los papeles y las libretas, sino que dibujaban en las paredes con el yeso y los lápices de su padre e, incluso, con el carbón de la cocina de su madre?


Los cuatro hermanos Benlliure fueron artistas cotizados? Y ello a pesar de que Juan Antonio padeció con muy pocos años una enfermedad que le privó de la vista, prácticamente, hasta los 13 años y que le hizo padecer siempre de una deficiente visión. Sobreponiéndose a su dolencia física, sus inicios artísticos comenzaron en Roma, a la sombra de sus hermanos mayores Blas y José, donde éste se había instalado en 1879 y trabajaba desahogadamente gracias a que el marchante inglés Martín Colnaghi había acordado con él la compra de cien cuadros, que tenía que pintar en tres años, por 150.000 francos.


Al principio de su estancia en la capital de Italia, Juan Antonio Benlliure compartió con su hermano José el estudio de éste, en la vía Margutta, entre «la piazza di Spagna y la piazza di Popolo», junto al de otro artista valenciano, Ignacio Pinazo Camarlench (Valencia, 1849-1916); sin embargo, poco tiempo después, se instaló con estudio propio, en el local contiguo, en el que retrataba a las elegantes damas de la sociedad aristocrática romana, lo que le proporcionó un gran éxito y buenos ingresos. Y esa misma especialización en el retrato femenino la siguió cultivando a su regreso a Madrid, en su estudio de la Carrera de San Jerónimo.


Más tarde, Juan Antonio Benlliure residió con sus hermanos en Roma durante los años en que Mariano y José fueron directores de la Academia de España en la capital italiana, una institución creada por Emilio Castelar en su etapa de presidente de la I República en el claustro del antiguo monasterio de San Pietro en Montorio, en la colina del Gianicolo. Mariano Benlliure había sido nombrado director de la Academia en 1902 y, al presentar su renuncia en 1903, fue designado director su hermano José, que desempeñaría tal cargo hasta 1912.


Y en Roma se anudó la amistad entre los Benlliure y Tomás García Sampedro, que residió en la capital de Italia durante los inviernos de 1886 a 1892, gracias a la pensión concedida por la Diputación Provincial de Asturias, una vez concluidos sus estudios en la Escuela Superior de Pintura, Escultura y Grabado de Madrid. Fueron sus años romanos años de estudio, pero también de fraternales reuniones con artistas españoles, que se veían en el círculo llamado El Quijote, fundado y decorado por ellos mismos en la vía Incurabile. En El Quijote los Benlliure, que poseían muy buena voz, cantaban romanzas, haciendo la voz de tenor José, coreando sus hermanos y acompañando a la guitarra Juan Antonio. Cuando llegaban los Carnavales romanos, los artistas españoles organizaban ingeniosas mascaradas que solían alcanzar siempre los primeros premios.


Al igual que otros artistas españoles residentes en Roma, García Sampedro disfrutó junto a los Benlliure de estas jornadas alegres y divertidas. Pero desarrolló también un intenso trabajo de profundización en sus estudios y de ejecución de cuadros a los que se refirió el crítico de arte italiano Giuseppe Stopiti en un opúsculo integrado en la colección «Galería biográfica de Italia». Entre ellos, los titulados «Carta de luto», «El guardián del harén», «Campesina romana», «En las catacumbas», también llamado «Santa Cecilia», y «Después del baile», una elegante composición, con un motivo muy en boga en aquellos años, que llegó, años atrás, a una galería de Gijón y fue vendida a un coleccionista asturiano.


Pero sobre todos ellos destacan otros dos, pintados también en Roma, de total ambientación asturiana y de mayores dimensiones que cualquier otro: «La cuna vacía» y «A la caída de la tarde». En el primero de ellos, óleo sobre lienzo de 266 por 182,5 centímetros, el artista expresa, «con un sentimiento profundo, exquisito y gentil», escribiría Stopiti, el inmenso dolor de un matrimonio campesino por la muerte de su hijo recién nacido? Fechado en Roma en 1887, el cuadro fue regalado por García Sampedro a la Diputación asturiana y hoy cuelga en una de las principales paredes del Museo de Bellas Artes de Asturias.


El segundo, fechado también en Roma en 1890, lo pintó basándose en dibujos y bocetos realizados en Muros, con jóvenes aldeanas de una gran hermosura. «A la caída de la tarde», óleo sobre lienzo de 238 por 164 centímetros, está basado en la obra «Retour des champs», del francés Jules Breton (Courrieres, 1827-1906), uno de los artistas al que tanto García Sampedro como el resto de los integrantes de «la colonia» admiraban especialmente. Pero es el lienzo en el que su autor hace un más fiel seguimiento del estilo y de la forma de su maestro Casto Plasencia y constituye su obra más acabada. Con él alcanzó una tercera medalla en la Exposición Nacional de Bellas Artes de 1890 y, desde entonces, se halla en el Ministerio del Interior.


Mientras residía en Roma, García Sampedro viajó algunas veces por la península italiana acompañando a los Benlliure, que, de vez en cuando, visitaban en Asís a su hermano José, que había adquirido allí una mansión y pintaba una serie de cuadros sobre San Francisco. Testimonio de ello es un pequeño retrato que Mariano le hizo mientras viajaban en tren hacia Sinigallia y en el que García Sampedro aparece dormido, con la cabeza recostada sobre la ventanilla del departamento. Está ejecutado al carboncillo y plumilla sobre una hoja de papel de tono beige, de 19 por 12,5 centímetros, y firmado de la siguiente forma: «Tren directo de Rímini a Sinigallia, 7 de julio de 1892. Mariano».


Y en Roma permanecería, «sin más interrupción -subraya Félix G.-Fierro en uno de sus trabajos publicados en "Arte Español"- que la de los veranos», en que, juntos Casto Plasencia y su discípulo, los pasaban en el rincón ideal de La Pumariega. Sin embargo, cuando Juan Antonio Benlliure llega a Muros de Nalón -verano de 1894- hace cuatro años que ha desaparecido «la colonia artística de Muros», al fallecer prematuramente su inspirador, Casto Plasencia. Víctima de una pulmonía, el maestro alcarreño que inmortalizó los bellos paisajes de Muros de Nalón y a las jóvenes aldeanas que le sirvieron de modelo había dejado de existir el 18 de mayo de 1890. Tenía 44 años.


En aquel entonces, Juan Antonio Benlliure había obtenido ya medallas de plata en la Exposición Regional de Valencia y de Roma en 1883 y segundas medallas en las Exposiciones Nacionales de Bellas Artes de 1884 -en la misma en que su hermano Mariano recibía también otra segunda-, 1887 y 1893, con sus obras «Por la patria», «La muerte de Alfonso XII» y «Sin absolución». En 1897 sería distinguido con el nombramiento de comendador de la Real Orden de Carlos III. Tiempo después, en 1907 fue nombrado profesor de Pintura en la Escuela Superior de Pintura, Escultura y Grabado y conservador de los frescos de Goya en la ermita de San Antonio de la Florida de Madrid. Y en 1920 alcanzó un nuevo galardón en la Exposición Nacional de Bellas Artes. Mientras tanto, y hasta el final de sus días, seguirá cultivando su especialización en el retrato femenino que, con tanto éxito, había comenzado en sus años en Roma. Pero también pintaría otros retratos, entre ellos los de personalidades de la vida española como el del primer presidente de las Cortes, las de Cádiz de 1812, Ramón Lázaro Dou y Bassols, que cuelga en el Congreso de los Diputados.


En su libro «En el país del arte», el escritor valenciano Vicente Blasco Ibáñez, autor de «La horda» y «La barraca», entre otras excelentes narraciones, escribe sobre los Benlliure y dice: «Juan Antonio se revela como un talento de primer orden en el arte de trasladar al lienzo la suave transparencia de la carne femenina, las dulces redondeces de la forma y las figurillas graciosas e ingenuas de los niños. Parece que acaricia con tierno halago cuanto pinta: en su paleta sólo hay notas simpáticas y risueñas. No creo que exista en el mundo un pintor tan excelente para las damas como Juan Antonio Benlliure».


En Muros y en compañía de su anfitrión, Tomás García Sampedro, el pintor valenciano aprovecha sus días de descanso para conocer un paisaje que le cautiva. Pasea por la playa de Aguilar y las riberas del Nalón y recorre los mismos lugares que habían recorrido Casto Plasencia, Agustín Lhardy, Tomás Campuzano, Cecilio Pla, José Robles y Marcelina Poncela, entre otros. Y pinta algunos cuadros, de los que, de forma directa, únicamente se conocen los dos siguientes.


El primero de ellos es un retrato de Angelines, la hija de Demetria García Sampedro y única mujer de seis hermanos, cuyo nombre había puesto Casto Plasencia a la lancha con la que navegaba por el Nalón. Se trata de un retrato de tres cuartos, en el que Angelines Rodríguez García, que podía contar unos 14 años, aparece vestida con un vestido blanco, con mangas abullonadas, sobre un fondo de tonos rojizos. Es un óleo sobre lienzo de 89 por 54,5 centímetros, firmado y dedicado «A doña Demetria Sampedro. Muros, 1894. Juan Antonio Benlliure». Una sincera expresión de agradecimiento a la propietaria de la casa donde pasó sus vacaciones estivales.


El segundo, de unas dimensiones superiores al anterior, de 115 por 185 centímetros, y firmado en el ángulo inferior derecho, es una bellísima composición que tiene por protagonistas a dos jóvenes aldeanas de Muros, que aparecen en un primer plano, también de tres cuartos, en una de las riberas del Nalón. Una de las jóvenes, con el pelo recogido en un moño, se encuentra de espaldas al pintor, sosteniendo una guadaña, de pie sobre un prau, con su brazo izquierdo, de líneas recias, pero, al tiempo, de una gran femineidad y hermosura; la otra, con pañoleta anudada con los dos nudos astures, aparece de escorzo, apoyando sus brazos sobre los hombros de la primera y volviendo su rostro, de gran belleza, al artista.


Muy probablemente, la composición esté ejecutada desde un prau de Soto del Barco, en las proximidades del castillo, ya que al fondo del cuadro se puede contemplar la rasa marina sobre la que se asienta Muros de Nalón, camino del Espíritu Santo, mientras el azul discreto de la ría discurre entre los verdes de ambas riberas.


Y a la izquierda de la composición, en la orilla opuesta del cuadro, aparecen unas diminutas figuras que apenas pueden ser percibidas: un aldeano tirando de un borrico camina por una «caleya» que asciende hacia Muros y saluda agitando un pañuelo con su mano derecha. Un perfecto ejercicio de proporciones y perspectiva que sirve de contrapunto y contraste con las figuras de las jóvenes aldeanas y que Juan Antonio Benlliure supo introducir en el lienzo pese a las dificultades de visión que siempre le aquejaron. Unas figuras, en fin, que, con toda probabilidad, se vio obligado a pintar con la ayuda de una lupa.


En el retrato de Angelines, la sobrina de Tomás García Sampedro, así como en la obra anterior, Juan Antonio Benlliure se alejará del modo de retratar a las damas elegantes, a las que realzaba sus rostros con cierta idealización, recreándose, además, en la forma delicada de sus vestidos. En los cuadros ejecutados en Muros, al pintar los rostros de Angelines y de las campesinas destaca sus rasgos sin idealización alguna. Un modo de retratar a mujeres que había empleado en otras ocasiones, entre ellas en el retrato de Matilde Vidal, esposa de su hermano mayor, Blas Benlliure.


El cuadro es, además, una excelente muestra de la pintura costumbrista a la que tanto García Sampedro como Casto Plasencia rindieron homenaje, siguiendo la línea de los franceses Jean François Millet (Cerburgo, 1814-Barbizon, 1875), Jules Breton y Jules Bastien-Lepage (Danvillier, 1848-París, 1884), que entonaron en sus lienzos un canto a la belleza sencilla de las campesinas y a sus labores en medio de la naturaleza. Algo que demuestra su maestría en el ejercicio pictórico. Con la vista disminuida, pero con una segura técnica artística, Juan Antonio Benlliure quiso retener con sus pinceles esa bucólica escena, plasmada, quizás, al final de una jornada de siega en la ribera del Nalón, a la que le llevó su amigo Tomás García Sampedro.

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