27 de febrero de 2011
27.02.2011

Internet y el espejismo de libertad

Para Eugeni Morozov, autor de «El engaño en la red», el ciberespacio no sólo es un instrumento democrático, sino también un arma de represión de los gobiernos autoritarios

27.02.2011 | 01:00
Internet y el espejismo de libertad

¿Es la red un espejismo de libertad? Eugeni Morozov, un joven analista nacido en Bielorrusia y afincado en Estados Unidos, ha escrito en «The net delusion» («El engaño de la red») la crítica más poderosa contra la ciberutopía. Para él, internet no sólo es un instrumento de liberación con que poder comunicarse y expresarse, sino la herramienta más utilizada por los gobiernos autoritarios con fines de propaganda o incluso para controlar mejor la disidencia. Ese control no lo ejercen únicamente las dictaduras, el propio gobierno de Estados Unidos, a raíz de las filtraciones de Wikileaks, también se ocupa de limitar la libertad en el ciberespacio. De acuerdo con Morozov y su tesis revisionista, internet respondería en estos momentos más que a liberar al mundo, a cómo no liberarlo.


El ejemplo más socorrido para referirse al supuesto potencial democratizador de las redes sociales ha sido el de Twitter durante las protestas que siguieron a las elecciones iraníes de junio de 2009. También se habló de la capacidad para movilizar a millones de personas con motivo de las manifestaciones por la paz en Colombia, en 2008, convocadas a través de Facebook. Últimamente, el protagonismo recayó en un internauta de Alejandría especialmente activo durante la revolución egipcia.


Morozov cuenta cómo después de las elecciones en Irán los funcionarios de inmigración empezaron a interesarse por los perfiles en las redes sociales de los iraníes que llegaban del exterior, para identificar a posibles sospechosos de haber participado en las protestas. Esta labor se vio, además, facilitada por las numerosas fotos y vídeos volcados en internet. Nativo de un país que tritura los exponentes de libertad, el autor del vibrante ensayo ha escrito: «Antes de la llegada de las redes sociales virtuales, los gobiernos represivos tenían que hacer un gran esfuerzo para averiguar cosas sobre la gente vinculada a los disidentes. Hoy, les basta con conectarse a Facebook». La reacción contra la seguridad es ya una rutina en el ciberespacio. La poligamia es ilegal en Turquía, pero eso no quita a los turcos de buscar más esposas en internet. Los narcos mexicanos usan las redes sociales para recopilar información sobre sus víctimas y los neofascistas rusos utilizan internet para organizar pogromos.


Los ejemplos restrictivos de la libertad en la red son, por otro lado, considerables. Los operadores o intermediarios no han dudado en cooperar cuando han tenido oportunidad de hacerlo para defender sus intereses comerciales ante los gobiernos poderosos. Está el caso de Google y sus concesiones a la censura para poder operar en China. O las recientes decisiones de Amazon y PayPal de dejar de prestarle sus servicios a Wikileaks por las presiones de Washington. Morozov mantiene que mientras haya gente de por medio movida por el negocio, los gobiernos siempre van a encontrar la manera de influir en ella. Como él mismo escribe, «no hay que esperar que las corporaciones liberen a nadie en ningún momento del futuro inmediato».


El 21 de enero de 2010, la secretaria de Estado de Estados Unidos, Hillary Clinton, habló en un discurso de la libertad en internet como una de las primeras preocupaciones de la política exterior americana. Según Clinton, garantizar esa libertad sería decisivo en el mantenimiento de la paz y la seguridad mundiales. Morozov cree que esas palabras huelen a «exceso de optimismo», por no hablar de «un uso creativo de la historia reciente». No se puede decir del autor de «El engaño de la red» que tenga pelos en la lengua. Su libro es mucho más que un asalto a la retórica política, porque, como dice su autor, detrás de muchos de los elogios a la tecnología se encuentra una combinación de utopía e ignorancia que tergiversa groseramente el papel de internet.


Dos delirios de la ciberutopía que le preocupan especialmente a Morozov son la creencia de que la llamada cultura de internet es intrínsecamente emancipadora, y la de que todas las preguntas importantes sobre la sociedad moderna y la política se puede encontrar en la red. Partiendo de la misma creencia errónea de que Twitter podría fomentar la revolución en Irán -en 2009, en vísperas de las elecciones, ese país tenía menos de veinte mil usuarios de esa red social- o de la ingenua esperanza de que el reflejo internauta se traducirá en una disminución de la violencia en África y Próximo Oriente. Finalmente, no hubo revolución en Irán y los manifestantes fueron, primero, apaleados y, posteriormente, perseguidos y reprimidos gracias a las pistas que dejaron sembradas por las redes.


No cabe duda de que internet ha sido un gran avance tecnológico pero en su mundo pulula una peligrosa variedad de razones morales; todo ello contando con que asistimos a los primeros pasos de un bebé. Morozov invita al realismo como prevención antes de adentrarse en la jungla. El doble mensaje sobre el ciberespacio es, además, evidente. Clinton habla de proteger la libertad cibernética como objetivo de la humanidad y, al mismo tiempo, Washington trata denodadamente de contener el flujo de cables de Wikileaks.


Lo mismo que los gobiernos intentan evitar el filtrado de sus archivos secretos, los padres se esfuerzan en proteger a los hijos del acoso internauta. Los editores de libros y de diarios buscan la manera de preservar sus contenidos frente los depredadores, y los legisladores estudian la aplicación de leyes para defender la privacidad de los ciudadanos temerosos de verse filmados o grabados en cualquier página web o red social. La calumnia está extendida por los blogs y la posibilidad de discernir entre lo que es información o rumor apenas existe.


Eugeni Morozov invita a los utopistas de la red a estar atentos ante los equívocos mensajes de libertad. A los promotores de las redes sociales sólo les animan las ganancias, dice. Y recuerda: «La peligrosa fascinación por resolver problemas previamente irresolubles con la ayuda de la tecnología permite que partidos con intereses propios disfracen lo que esencialmente es propaganda para sus productos comerciales dentro del lenguaje de la libertad y la libre expresión de ideas». Ni la televisión ni la radio tienen filtros basados en palabras clave que permitan a los regímenes utilizar urls y textos para suprimir sitios que consideren peligrosos y tampoco es una práctica habitual, ni siquiera en las democracias más frágiles, la censura o el secuestro de periódicos. Pero internet deja un campo libre a la «patada en la web». De haber escrito su libro algo más tarde, Morozov podría haber puesto el énfasis en la polémica «ley Sinde», aprobada en el Parlamento por el Gobierno y el principal partido de la oposición.


«El engaño de la red» es un análisis tan lúcido como controvertido. El escritor e historiador Timothy Garton Ash, en uno de sus recientes artículos a propósito de la rebelión en Túnez, aplaudió la iniciativa del analista bielorruso pero, a la vez, señaló que, como ocurre con cualquier tesis revisionista, se basa en buena medida en la exageración: «Por supuesto que internet proporciona armas a los opresores además de a los oprimidos, pero no, como parece insinuar Morozov, en igual medida. En conjunto, ofrece más elementos a los oprimidos».


El caso es que Morozov ha escrito un ensayo combativo para desmentir la idea extendida, acaso el vicio, de que todo puede explicarse a través de internet. En él se acoge a fundamentos de la Escuela de Fráncfort de hace un siglo para criticar las posibilidades que ofrece internet de distraerse y, al mismo tiempo, despreocuparse del auténtico debate político. Esa despreocupación beneficiaría a los que hacen trampas desde el poder y a los gobiernos autoritarios. En definitiva, como él mismo escribe, «la tecnología cambia con frecuencia pero la naturaleza humana casi nunca».

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