25 de julio de 2009
25.07.2009
 
Crítica / Cine

La última estación

n El duelo Washington-Travolta insufla intensidad a un convencional remake

25.07.2009 | 02:00

Estimable cruce entre el cine de catástrofes y el thriller turbio y sarcástico de los setenta, la primera versión de la impecable novela de John Godey se beneficiaba de un duelo interpretativo de primera magnitud entre Walter Matthau (poco habitual en el género, aunque ocasionalmente lo visitara con acierto) y el gran Robert Shaw. Revisar décadas después un título que, pese a sus bondades, dejaba campo para la mejora, conllevaba el riesgo de arrancar a la historia sus mejores bazas y ponerla al día en cuanto a espectacularidad se refiere. La elección de Tony Scott como director no deja lugar a la duda. Sin llegar a los excesos irritantes de sus últimos trabajos, en los que convertía la pantalla en una auténtica tortura para la vista con su carrusel de chorraditas visuales, aunque lejos de la eficacia de trabajos más solventes como Spy game o Enemigo público, Scott se mueve entre dos aguas: saca a pasear su catálogo de efectismos visuales en la superficie (qué vieja se queda esa estética pegajosa y mareante) y se contiene más cuando tiene que mostrar la batalla dialéctica entre Denzel Washington y John Travolta: el primero, haciendo gala de su elocuente sobriedad, y el segundo, disfrutando de lo lindo con un eficaz histrionismo. Ni que decir tiene que los rifirrafes verbales (sobre todo cuando Travolta sonsaca al otro una verdad incómoda) de la pareja, arropados ambos por secundarios de lujo como Turturro o Gandolfini, es lo mejor de una función que, de vez en cuando, saca de la chistera alguna escena de chatarrería que no viene a cuento, sólo para cubrir el cupo de destrozos que se supone debe tener una cinta de acción. Eso y la bochornosa inclusión de un pasajero adolescente que «chatea» con su novia (el resto de viajeros son poco menos que muñecos) ponen la zancadilla a la credibilidad de la película y deteriora el trabajo de sus dos protagonistas, obligados al final a enzarzarse en un aparatoso desenlace de tiros largos que no viene a cuento.

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